—¿Yo traigo una pirata? —A Dana se le torció la cara del coraje. Se señaló a sí misma y soltó una risa fría—. Tristán, ¿todavía te queda tantita conciencia? Tú fuiste el que no pudo con el negocio y se fue a la quiebra. ¡Yo, con tal de poder venir al debut de Eloísa Carrasco, tuve que tragarme el orgullo e ir a pedir dinero a mi familia!
—Si no fuera por mí, ¿hoy estarías aquí, bien vestido, haciéndote el importante?
Mientras más hablaba, más se sentía agraviada.
—¡Todo lo que pude juntar se lo di a Cata para que se arreglara! ¿De dónde voy a sacar para comprar original? ¿Y todavía me reclamas? ¡Pues cómpramelo tú, si tan fácil!
Su voz seguía subiendo de tono.
Ya había atraído la mirada de varias personas.
A Benjamín le dolía la cabeza y los interrumpió:
—¡Ya, por favor! ¿No les da pena? En un lugar así, mientras más griten, más voltean. ¿De verdad quieren que la gente se burle?
Dana cerró la boca, pero todavía fulminó a Tristán con la mirada. Traía el pecho agitado y respiraba con trabajos.
De un jalón se quitó el collar y lo aventó dentro de su bolso.
—¿Y Cata? Fue al baño, ¿por qué se tarda tanto? Ahorita el que la familia salga adelante depende de ella…
—Oigan, ¿han visto al patriarca de los Carrasco? A ver si encontramos una forma… para que Cata…
No terminó la frase.
De golpe se le cortó la voz. Abrió los ojos y se quedó viendo al frente.
Catalina entró por la puerta lateral con la cabeza baja y el paso inseguro.
Se apretaba el pecho con ambas manos, pálida y alterada.
El vestido que la familia Zúñiga había comprado a precio de locura —aunque se notaba que alguien intentó acomodarlo— seguía viéndose arrugado y descompuesto. En el borde de la falda parecía haber una mancha.
Y lo peor…
La parte superior del strapless estaba claramente floja.
Si Catalina no se la sujetaba con fuerza, se le iba a ver todo.
—¡Cata! —A Dana se le apachurró el corazón—. ¿Qué te pasó? ¿Por qué vienes así?
¡Ese vestido les había costado carísimo!
Casi le había vaciado todo.
Sí: lo que a Dana le dolía era el vestido que por fin había logrado conseguir.
Antes, no le habría importado tanto.
Pero ahora…
Traía un collar falso, y todo el dinero lo había metido en ese vestido y en las joyas de Catalina.
¿Cómo no iba a dolerle?
Tanto que ni se fijó en que, debajo de la capa gruesa de maquillaje, la cara de Catalina se veía cada vez más hinchada.
Tristán sí lo notó.
La hinchazón ya le deformaba los rasgos, y Catalina se veía fatal: descompuesta y rara.
Bajo las luces del salón, era todavía más evidente.
La cara de Tristán se puso negra.

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