Hasta el momento, Violeta no entendía.
Según ella, había hecho lo que Kiara quería: había amarrado y le había “entregado” al hombre que le gustaba.
¿Y aun así la castigaban tan feo?
Kiara era peor que hace cuatro años, cuando todavía estaban en el Sector 7. Mucho más cruel.
Le había dicho que, como Violeta casi no venía a Solarenia, la iba a sacar a pasear para que conociera.
Pero Kiara… la llevó a una calle llena de comida.
La hizo ver cómo pasaban platillos y platillos enfrente de ella.
Y no la dejó probar nada.
¿Qué clase de tortura era esa?
Inhumana. Una salvajada.
Después de todo el día, Violeta sentía que ya no le quedaba ni una gota de saliva.
Y cuando por fin llegaron a casa, Kiara todavía no la dejó cenar.
No. La. Dejó. Cenar.
¿Un caldo aguado? Ni los perros.
Que mejor la mataran.
Violeta estaba al borde del llanto.
Al final, con un tazón de caldo sin nada, se fue a encoger en una esquina de la mesa, mirando con ojos llorosos la mesa llena de platillos.
Y aunque intentó contenerse, se le volvió a hacer agua la boca.
Kiara era la mujer más malvada del mundo.
Sin discusión.
Violeta decidió que, en cuanto regresara al Sector 7, iba a ir a quejarse con los demás: tenía que denunciar la barbaridad que hacía Kiara.
Con la mirada encendida, llena de reclamo y coraje, Violeta no dejaba de ver a Kiara.
Kiara, como si nada, siguió comiendo.
Ni se inmutó.
Los Ibarra se miraron entre sí, pero todos, como si ya estuvieran de acuerdo, prefirieron no preguntar.
Violeta, sufriendo, tomaba a traguitos ese caldo insípido mientras olía la comida de la mesa.
Ni le servía “imaginarse” el sabor.
Al contrario: le daba más antojo.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste