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Al atardecer.
Kiara regresó a casa de la familia Ibarra cargando a una Violeta que parecía haber perdido el alma.
Vanesa vio a Violeta, toda apagada, con la cabeza caída, sin nada del ánimo con el que había salido en la mañana.
—¿Y a la pobre de Vio qué le pasó?
Violeta, pálida, alzó la mirada con cara de “muerta en vida” y fulminó a Kiara, llena de reclamo.
Vanesa se sorprendió.
—¿Kiki te hizo algo?
Si en la mañana habían salido prácticamente abrazadas.
Kiara sonrió, despreocupada.
—Nada. Nomás que casi no viene a la ciudad y se cansó de tanto andar.
Violeta la miró peor, como acusándola.
Pero cuando Kiara le sonrió directo, Violeta forzó una sonrisa horrible, como si le doliera, y asintió varias veces.
—Sí… me cansé…
Vanesa se quedó desconfiada.
Quién sabe qué traían entre manos esas dos.
Les hizo una seña.
—Vayan a lavarse las manos, ya casi se sirve la cena.
—¿Cenar? —A Violeta se le iluminó el rostro al instante; alzó la cabeza y hasta se le avivó la cara—. ¡Va! Ahorita me lavo las manos. ¡Cenar, cenar, cenar!
Iba feliz hacia el lavabo cuando Kiara, con la mirada tranquila, soltó como si nada:
—Hoy a Violeta le cayó mal algo en la calle. Trae el estómago sensible, así que necesita comer ligero para que se le asiente.
Luego miró a quien estaba a cargo de la cocina.
—Prepárale un caldito claro, sin nada. Y al rato se lo subes.
Los pasos de Violeta se frenaron en seco.
Se giró, tiesa, poco a poco.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste