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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 649

Aquellas palabras sonaron sinceras y plagadas de buenas intenciones.

Logró hablar mal de Kiara frente a sus abuelos de forma casi casual, mientras al mismo tiempo se posicionaba como la nieta más atenta y devota.

¿Qué importaba si Kiara realmente tenía habilidades médicas?

¡En el corazón de sus abuelos, ella jamás podría competir!

Sin embargo, Silvia reflexionó unos instantes antes de responder con total serenidad:

—Si eso pasó en el banquete de la familia Carrasco, estoy segura de que tus padres estaban presentes. Y si ellos permitieron que Kiara tratara al señor Montiel, significa que la niña sabe lo que hace.

Pamela sintió que la sangre se le helaba en el rostro.

El abuelo Marcos añadió con su voz profunda:

—Basta, Pamela. Entendemos que te preocupas por tu abuela, pero no la agobies más. La joven que conoció hoy era sin duda una doctora prodigio.

Silvia sonrió asintiendo.

—Así es. Yo conozco mi propio cuerpo. Desde que esa chica me trató con sus agujas, siento que respiro mejor y que un enorme peso se fue de mis hombros.

Marcos apoyó la idea:

—Los verdaderos sabios de la medicina no se dejan atar por los métodos convencionales. El pulso de tu abuela está firme y tiene un color excelente en el rostro. Si volvemos a encontrarnos con esa joven, tendremos que darle nuestra más sincera gratitud. No vuelvas a llamarla charlatana.

El meticuloso plan de Pamela para difamar a Kiara se había derrumbado por completo.

Estaba que echaba chispas por dentro.

¡Ellos siempre se habían puesto de su lado en todo, y hoy la contradecían a cada momento!

Aun así, no le quedó otra opción que tragar su ira, esbozar su mejor sonrisa y asentir sumisamente.

—Si la abuela dice que está bien, entonces me quedo más tranquila.

—Hablando de eso, ¿por qué todavía no ha llegado tu tío Simón? —Silvia miró el reloj con impaciencia—. Le rogué mil veces que estuviera aquí. Hoy es la primera vez que verá a su sobrina de sangre, ¿cómo puede atreverse a faltar?

Mientras sacaba el teléfono para llamarlo, no dejaba de quejarse, llena de frustración:

—Ese muchacho siempre es lo mismo. Le dije que viniera temprano y me salió con el cuento de que estaba ocupado. ¡Y míralo, ni sus luces!

Rex estaba sentado frente a los monitores de vigilancia. Emanaba un aura sombría y amenazante, mientras sus oscuros ojos no se despegaban de las pantallas.

Vestía un impecable traje a medida color rojo oscuro, lo que le daba a su atractivo rostro un aire aún más peligroso y despiadado.

En el monitor estaba pausada la imagen del estacionamiento subterráneo, mostrando a la mujer de la máscara plateada con el chip en la mano, a punto de saltar sobre la motocicleta.

En el suelo, un par de subordinados permanecían arrodillados, temblando de miedo.

Habían utilizado absolutamente todos sus contactos y recursos para rastrear a los ladrones, pero todas las pistas habían terminado en un callejón sin salida.

Esa mujer de cabello rojo y la chica de la máscara plateada parecían haberse evaporado de la faz de la tierra.

No había el menor rastro de ellas.

La mirada de Rex era glacial. Sus largos dedos tamborileaban rítmicamente sobre el escritorio.

Cada golpe sonaba como un mazo golpeando directamente sobre los corazones de sus hombres.

A estas alturas, su interés por recuperar el chip era insignificante comparado con el enfermizo deseo de encontrar a la mujer de la máscara plateada.

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