—Una organización con el poder suficiente para orquestar algo así y no dejar rastro...
Soltó una risa seca y ronca, un sonido que mezclaba una excitación macabra con sed de sangre.
—Probablemente sean del Sector 7.
Sus dedos se detuvieron en seco y alzó su oscura y penetrante mirada:
—¡Investiguen! ¡Quiero saber qué grupos del Sector 7 han puesto un pie en Aquilinia recientemente!
Los hombres, aún temblando, asintieron con urgencia.
Justo en ese momento, sonó su celular.
Rex bajó la mirada hacia la pantalla. Al ver quién lo llamaba, esa aura letal y asfixiante que lo rodeaba se disipó en un parpadeo.
Lanzó una mirada de advertencia a los presentes, exigiéndoles silencio absoluto.
Todos agacharon la cabeza de inmediato, sin atreverse ni a respirar.
Solo entonces, contestó la llamada:
—Mamá, ¿qué pasa?
Del otro lado, se escuchó la voz de la anciana, sonando molesta, pero sin perder su habitual ternura:
—Simón, Pamela ya está aquí. ¿Dónde demonios te has metido? ¿No dijiste que te desocuparías al mediodía? ¿Sigues trabajando?
Rex usó su tono más suave y sereno:
—Sí, surgió algo de imprevisto.
—¡Ay! ¡Si hubieras venido conmigo a caminar, las cosas serían distintas! —se lamentó la anciana—. No te imaginas... Hoy en la zona comercial cerca del sanatorio me topé con una maravillosa chica de Solarenia. ¡Esa niña tiene unas habilidades médicas increíbles y es preciosa! Si la hubieras visto, ¡te habrías enamorado de inmediato!
Rex sintió que le empezaba a doler la cabeza.
Tenía apenas veintiséis años, estaba en la mejor etapa para consolidar su imperio.
Pero, para su desgracia, su madre no dejaba de insistirle con el tema de casarse.
Suspiró con resignación:
—Mamá, no tengo planes de casarme ahora. Deja de intentar emparejarme con cada chica de Solarenia que te encuentras.
Pero al pronunciar esas palabras...
Los hombres en la sala seguían encogidos de hombros, sin emitir un solo sonido.
Rex se pellizcó el puente de la nariz, se puso de pie con resignación y guardó su celular en el bolsillo:
—Sigan investigando. Avísenme en cuanto tengan algo.
-
Mientras tanto, al ver que su abuela colgaba el teléfono, Pamela calculó el tiempo perfecto y se adelantó para esperar cerca del ascensor.
Allí, con total precisión, se topó con su tío Simón: Rex, también conocido como Simón Quintana.
El hombre iba vestido con un impecable traje a medida color rojo oscuro. Alto, de hombros anchos y rostro apuesto, emanaba un aura agresiva e imponente.
Sus ojos profundos como los de un águila, penetrantes y fríos, proyectaban esa presión asfixiante que solo poseen quienes siempre han estado en la cima del poder.
—¡Tío Simón!
Pamela fingió sorpresa. Su rostro se iluminó con la sonrisa más dulce y obediente que pudo forjar, y corrió a recibirlo.
Se había quedado allí esperando a propósito, todo para seguir hablando mal de Kiara y asegurarse de que él la despreciara antes siquiera de conocerla.

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