Los ojos del anciano se humedecieron de inmediato, y con dedos temblorosos intentó devolverle el apretón.
—Mi niña hermosa... salvaste a tu abuela, y ahora me salvaste a mí... Debes estar exhausta, ¿verdad?
Lo primero que preguntó al despertar no fue sobre la empresa, ni siquiera por su estado de salud.
Toda su mente y su corazón estaban puestos única y exclusivamente en Kiara, su adorada nieta.
—Viejo testarudo... —Silvia se secaba las lágrimas a un lado, desbordando emoción—. Por fin abres los ojos. Kiara estuvo velando tu sueño toda la noche sin pestañear. No se sentó a descansar hasta que vio que todos tus signos vitales estaban estables.
Los ojos de don Marcos se pusieron aún más rojos, y con voz entrecortada, le dio unas palmaditas tiernas en la mano a la joven:
—Lo sé... sé que fue mi Kiara la que me arrancó de las garras de la muerte. Te he dado mucho trabajo, mi niña...
—No es ningún trabajo —Kiara esbozó una leve sonrisa—. Verlo fuera de peligro es mi mejor recompensa.
—Papá, ya despertaste. Toma un poco de agua... —Luis, al ver que su padre estaba consciente, se apresuró a llevarle un vaso con agua al tiempo.
Don Marcos le lanzó una mirada fugaz y volvió a clavar la vista en Kiara, sonriendo hasta que se le arrugaron los ojos:
—Mi niña, debes estar muerta de sed después de tanto esfuerzo. Anda, tómate esta agüita.
Luego fulminó a Luis con la mirada y lo regañó:
—¡¿Qué no tienes ojos en la cara?! ¡¿Qué esperas para darle el agua a tu sobrina?! Si sigues con esa actitud, ¿cómo pretendes seguir siendo el presidente del Grupo Quintana?
Luis se quedó de una pieza.
Resignado, acercó el vaso hacia Kiara.
Kiara soltó una risita, tomó el vaso, pero en lugar de beber, se lo acercó a los labios del anciano:
—No tengo sed. Mejor beba un poco usted para que se le refresque la garganta.
Don Marcos abrió la boca con obediencia.
Tras darle unos sorbos al vaso, hizo el esfuerzo de sentarse en la cama.
Kiara se apresuró a ayudarle.
Una vez acomodado, don Marcos fijó la vista en Luis y ordenó:
—Luis, llama al abogado.
Luis parpadeó un par de veces, pero captó el mensaje de inmediato:
—Kiara, si no las aceptas, pensaré que me estás rechazando. Y si mi propia nieta me rechaza, ¿entonces qué sentido tiene que siga vivo? ¡No pienso tomarme las medicinas ni me voy a dejar poner agujas!
Kiara suspiró.
Se sentía completamente acorralada.
Silvia intervino, apoyando a su marido:
—Mi niña, acéptalas. Ya conoces lo terco que es tu abuelo; si se encapricha, es capaz de lastimarse con tal de salirse con la suya.
Kiara contempló al anciano, que estaba haciendo un berrinche como si fuera un niño chiquito, y dejó escapar un suspiro de resignación:
—De acuerdo. Lo que diga el abuelo.
El rostro de don Marcos cambió en una fracción de segundo, iluminándose con una gran sonrisa:
—De ahora en adelante eres la accionista principal de los Quintana. ¡Si alguien se atreve a molestarte, aviéntale el dinero en la cara!
Kiara asintió, siguiéndole el juego:
—Muchas gracias, abuelo.

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