Pamela se puso en pie a tropezones, dispuesta a salir corriendo.
Pero apenas dio un paso.
Los dos abogados de traje le cerraron el paso.
Uno de ellos sacó de su maletín un documento idéntico al que acababa de destrozar:
—Señorita Pamela, soy el representante legal del Grupo Ibarra. Este documento tiene absoluta validez legal. Si usted se niega a firmarlo, la familia Ibarra procederá mediante mandato judicial para anular su adopción por la fuerza.
El otro abogado intervino:
—Señorita Pamela, le sugiero que coopere. En este momento, en representación de la familia Ibarra, procederé a confiscar todos los bienes que le fueron otorgados durante estos años.
Recorrió a Pamela con una mirada clínica:
—Joyas, propiedades, bolsos de diseñador, vestidos de alta costura... Todo será inventariado y retirado bajo mi supervisión.
Hizo una pausa y añadió sin inmutarse:
—Incluyendo el vestido que lleva puesto en este instante.
Pamela se quedó de piedra.
Abrió los ojos desmesuradamente, mirando a los abogados como si fueran monstruos, y luego giró la cabeza bruscamente hacia su familia, que la observaba con el rostro de hielo.
¿Ellos... la iban a dejar en la calle?
¡Literalmente con lo que llevaba puesto!
¿Acaso querían matarla de hambre?
Pamela sentía que iba a enloquecer.
Sin dinero, sin marcas de lujo, sin casas, sin la corona de 'señorita de alta sociedad'.
¿Cómo se suponía que iba a sobrevivir?
¿Con qué cara se presentaría frente a su círculo de 'amigas'?
¡Se convertiría en el hazmerreír de todo Clarosol!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste