—Tú criaste a Pamela, y entiendo perfectamente que le tengas tanto cariño.
—Pero, el hecho de que la quieras, ¿te da el derecho de lastimar a mi verdadera hija?
—¿Porque la quieres puedes cometer crímenes?
Con cada palabra que Vanesa decía, el rostro de Lucía se volvía más blanco.
Sus labios temblaban, pero no tenía forma de defenderse.
Vanesa volvió la mirada hacia Pamela, y le dijo sílaba a sílaba:
—Firma, o... llamo a la policía.
—Toda la evidencia de lo que hicieron ustedes dos está aquí; ninguna de las dos se salvará.
—O firmas, o te vas a la cárcel y cancelamos la adopción por la vía legal.
Esas palabras heladas hicieron temblar a Pamela. Miró el acuerdo y levantó la vista, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta.
—Mamá... ¿de verdad... de verdad tienes que acorralarme de esta forma?
Vanesa no respondió. Solamente levantó la vista y miró a Camilo Ibarra.
—Llama a la policía.
Pamela entendió. Ya no había forma de negociar.
Los Ibarra estaban decididos a cortar todos los lazos con ella.
Si firmaba, cortaban lazos en este momento. Si no firmaba, se iba a la cárcel y también cortarían lazos. No había salida.
Al ver que el hombre al que había llamado "papá" por veinte años realmente sacaba su teléfono con la firme intención de marcar, Pamela agarró el bolígrafo con manos temblorosas.
—¡Firmo... yo firmo!
Con los ojos nublados por las lágrimas, miró el acuerdo. Bajo la atenta instrucción del abogado, firmó con su nombre.
Cada trazo era como si se estuviera cortando su propia carne; le dolía tanto que apenas podía respirar.

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