Kiara frunció el ceño.
Ese tono de voz...
Sonaba muy hostil.
¿Campesina igualada que no terminó la escuela?
Esa clase de descripciones se parecían mucho a...
Al estilo de Pamela.
¿Acaso este hombre estaba del lado de Pamela?
—¿Quién te dio permiso de entrar? —Don Ramiro azotó su taza contra la mesa y su rostro se ensombreció—. Qué falta de modales. ¿Crees que cualquier estudiante puede entrar a la oficina del director como si nada?
Agarró un expediente del escritorio y se lo arrojó directamente a los pies a Kiara.
—¡Lárgate de aquí!
Kiara bajó la mirada para ver qué era.
Era su expediente de admisión.
Por supuesto, esos documentos habían sido editados por el profesor Morales y el director; solo contenían algo de información básica.
Incluso la sección de sus antecedentes familiares estaba en blanco.
Originalmente, Kiara había decidido responderle por cortesía, asumiendo que, al estar en la oficina, era alguien del personal de la institución.
Pero dado que el sujeto la trataba así...
Obviamente ella tampoco le daría su mejor cara.
—¿Usted es el director?
Don Ramiro se quedó paralizado un segundo.
—¿Qué dijiste?
—Si no es el director, ¿con qué derecho toma decisiones por él? —La voz de Kiara era fría y no mostraba ninguna alteración emocional.
Al terminar la frase...
Avanzó directamente hacia el amplio escritorio, apartó la silla de cuero exclusiva del director y se sentó con total soltura.
Esa actitud arrogante hizo que, por una fracción de segundo, don Ramiro tuviera una alucinación.
Parecía como si la persona sentada ahí no fuera la pobretona de la que hablaba la señorita Benítez, sino alguien nacida para gobernar desde las alturas.
—¡Q-Qué estás haciendo!
—¿Desde cuándo un simple miembro de la junta directiva puede hacer lo que se le dé la gana en la Universidad Libre del Sur?
Tamborileó levemente sus largos y blancos dedos sobre el escritorio.
—¿Apostamos a que ahora me pides que me vaya, pero en un momento... vas a querer que me quede?
—Y para lograrlo... vas a tener que suplicarme de rodillas.
El tono de Kiara era juguetón, acompañado de una sonrisa fría y desinteresada.
—¡¿Ja?! —Al escuchar palabras tan arrogantes, don Ramiro no pudo evitar reírse por la rabia.
Llevaba años haciendo lo que quería en esa institución, e incluso algunos profesores tenían que agachar la cabeza ante él.
¿Y hoy venía esta mocosa a amenazarlo?
—¿Yo, suplicarte de rodillas? —Don Ramiro miró a la chica, que derrochaba arrogancia y no le mostraba ni una gota de respeto, y soltó un bufido—. ¿Quién te crees que eres? ¿Una simple campesina atreviéndose a alzarme la voz? Te lo advierto...
No alcanzó a terminar sus amenazas.
De repente, desde el pasillo, se escuchó una ráfaga de pasos apresurados.
—¡Apúrense, rápido! ¡Muevan esas piernas! ¡No hagan esperar a la maestra!

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