—Ay, anciano decrépito, ¿no puedes caminar más rápido?
—¡Señorita Kiara Ibarra, mis más sinceras disculpas! Tuvimos un pequeño contratiempo.
Las voces llegaron antes que las personas.
Y acto seguido, el director Montenegro entró corriendo a la oficina, empapado en sudor.
Detrás de él venían el profesor Morales y todo el grupo de académicos a nivel nacional.
Estaban jadeando, aterrorizados de que por llegar un minuto tarde, la deidad que tanto les había costado conseguir se hubiera marchado.
Al ver semejante comité, don Ramiro se quedó de piedra.
Jamás imaginó que algún día vería juntos al profesor Morales y a los demás tesoros nacionales de la ciencia dentro de las instalaciones comunes de la universidad.
Aunque estos profesores y académicos trabajaban para la institución, se la pasaban encerrados en sus laboratorios. Aparte de sus clases obligatorias, nunca se dejaban ver por otros lados.
Don Ramiro se apresuró a poner su mejor cara y se acercó a recibirlos.
—Director, profesor Morales, distinguidos académicos... ¿Qué los trae por aquí? Qué vergüenza, de verdad. Una estudiante rebelde se metió a su oficina y está ocupando su silla con mucha insolencia. Ahora mismo llamo a seguridad para que la saquen a patadas...
¡Plaff!
Antes de que terminara la frase, el director Montenegro le dio un revés, estampándole una cachetada fortísima en la cara.
El sonido de la bofetada fue claro y resonante, dejando a don Ramiro viendo estrellas y completamente aturdido.
—¿D-Director?
Se cubrió la mejilla, sin entender nada de lo que pasaba.
Pero al levantar la vista, se dio cuenta de algo aterrador... No solo el director Montenegro estaba furioso; el profesor Morales y los demás académicos lo miraban con ojos inyectados en sangre.
Una mirada realmente escalofriante.
—¿Qué haces tú aquí? —El director frunció el ceño y lo miró con asco—. ¿Te di permiso para entrar a mi oficina?

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