—Asígnenme la identidad de una estudiante normal, trátenme como a cualquier otra alumna transferida y nada de privilegios especiales.
—¡Sí, por supuesto! ¡Ya todo está organizado! —El director asintió efusivamente—. Le hemos asignado la clase del Desafío Élite. ¡Ahora mismo la acompaño al salón!
Kiara lo miró de reojo.
—Si me acompaña usted, ¿cómo se supone que mantenga un perfil bajo?
El director se frotó las manos con nerviosismo.
—E-Entonces...
Kiara bajó la mirada, observó a don Ramiro que seguía arrodillado, y señaló con la barbilla.
—Que él me guíe.
—¡Sí, sí, sí, yo mismo le muestro el camino a la maestra Kiara! —A estas alturas, ¿cómo se atrevería don Ramiro a dar siquiera un «pero»?
Se levantó del suelo, viéndose totalmente miserable y patético.
Se sacudió las rodillas con fuerza, se secó la cara y murmuró:
—Maestra, permítame llevarla a su salón...
Al marcharse.
El director, el profesor Morales y los académicos, lo observaban con miradas afiladas como cuchillos.
El director incluso bajó la voz y pronunció cada palabra con letal claridad:
—Don Ramiro, supongo que tiene muy claro qué cosas puede decir y cuáles no.
Don Ramiro asintió desesperadamente.
Lo entendía.
¡Lo entendía todo!
¿Con qué valor iba a abrir la boca de más?
¡A estas alturas, ni siquiera frente a la familia Benítez se atrevería a decir una sola palabra!
-
El salón del Desafío Élite estaba en el último piso del edificio de laboratorios.
El ambiente allí era muy distinto al de un salón de clases normal.
El aula era espaciosa, luminosa, y solo tenía veinte lugares.

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