Don Ramiro, con una mano en la mejilla golpeada y la otra en el chichón que le dejó el portalápices, observaba la escena.
Tenía la mente completamente nublada.
¿Q-Qué demonios estaba pasando?
¿Acaso la señorita Benítez no había dicho que esta estudiante era solo una campesina igualada que ni siquiera había terminado la escuela?
¿Por qué el director y todas esas eminencias del mundo académico la trataban como si estuvieran atendiendo a una diosa, rodeando a una simple estudiante pobretona?
¿Qué ancestra?
¿Qué maestra?
Una niñita que a lo sumo tendría unos veinte años... ¡¿siendo llamada «ancestra» y «maestra» por los titanes de la investigación del país?!
Kiara cruzó miradas con don Ramiro, quien tenía los ojos desorbitados por el terror.
Curvó los labios rojizos y esbozó una sonrisa que denotaba una crueldad juguetona.
—¿Este es su miembro de la junta directiva? —habló, con voz plana y perezosa. Aunque no reflejaba emociones, había algo escalofriante en su tono—. Qué nivel de educación. No deja de abrir la boca para ordenarme que me largue de la universidad.
Al escucharla, un sudor frío recorrió la espalda del director.
Si esta estupidez lograba ahuyentar a Kiara...
¿Qué pasaría con el proyecto clave del profesor Morales?
¿Qué pasaría si perdían la competencia internacional?
La Universidad Libre del Sur no podía darse el lujo de pasar semejante vergüenza.
¡Mucho menos Solarenia!
El director Montenegro fulminó a don Ramiro con la mirada.
Don Ramiro sintió que el corazón le latía a mil por hora, su rostro ya estaba pálido como el papel.
—Director, profesor Morales, honorables académicos, y-yo, yo... esto...
El director, con el rostro gélido, le apuntó con el dedo y le gritó:
—¡Maldito perro ciego!
—¡La señorita Kiara Ibarra es la máxima experta que me costó sangre sudor y lágrimas traer, es la directora principal del proyecto del profesor Morales, y tú te atreves a echarla!
Don Ramiro estaba paralizado.
—¿M-Máxima experta? P-Pero si claramente dijeron que no terminó la preparatoria...
—¿Que no terminó la preparatoria? —se burló el director—. ¡Los logros de la señorita Kiara en la investigación a nivel nacional son suficientes para que tengas que admirarla durante diez vidas!
El profesor Morales lo miró con frialdad:
—¡S-Señorita, no! ¡Maestra Kiara, fui un imbécil que no supo reconocer su grandeza, la culpa es de mi maldita boca, merezco morir!
Mientras suplicaba, comenzó a abofetearse a sí mismo.
Usó toda su fuerza.
El sonido de los golpes resonaba por toda la oficina.
Nunca imaginó que, por intentar ayudar a la señorita Benítez a vengarse, acabaría estrellándose contra un muro de acero.
Kiara permaneció sentada en la silla del director, sin cambiar de postura, contemplando a don Ramiro postrado a sus pies.
Sonrió con burla.
—¿Y bien? ¿Ahora don Ramiro ya no me manda a que me largue?
—¡No, no, no!... ¡Fui un estúpido! —Don Ramiro se dio otras cuantas bofetadas fuertes—. ¡Yo me largo! ¡Yo me largo!
Kiara soltó un bufido sarcástico.
No tenía ganas de seguir perdiendo el tiempo con él.
Se levantó y se dirigió al director, que seguía de pie a un lado.
—Vine aquí a estudiar, no a jugar a ser la dueña del lugar.

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