"Hana"
Me detuve en la escalera y miré hacia la sala, viendo a mi marido hermoso, sentado en la alfombra de la sala, concentrado en construir una torre de bloques con nuestros hijos que acababan de cumplir cuatro años y eran niños llenos de energía. Desde que esos dos empezaron a caminar, no parábamos ni un segundo, principalmente porque Bento no se quedaba quieto por más de diez minutos en el mismo lugar. Y eran gemelos, lo que uno hacía, el otro también quería hacer.
Nuestra casa era una gran confusión de juguetes y rejas controlando los ambientes. Pero era una casa feliz, que tenía vida, niños felices y mucho amor.
No tardó para que Bento se levantara y chocara con la torre de bloques, desarmándola. Miró a la hermana que dio un pequeño gritito de alegría y comenzó a reír. Mis hijos realmente sacaron la sonrisa y el encanto del padre, pero tenían mis ojos rasgados.
Rafael tomó a los dos en un abrazo y los llenó de besos. La calma y la paciencia que reflejaba ahora habían sido conquistadas con mucho trabajo, pero también con el amor que los hijos despertaban en su corazón. Nelson le había dado de alta de nuevo, pero dejando la puerta abierta en caso de que necesitara. Solo que sabía que no iba a necesitar, había presenciado recientemente una situación que podría haberlo sacado de quicio pero no lo hizo, cuando un hombre intentó agarrarme en el bar y él simplemente quitó al hombre de mi lado y lo puso afuera, sin dar un solo golpe. Había logrado encontrar su punto de equilibrio.
—Ven, mamá, ¡ven a unirte a la montaña de abrazos! —me llamó al verme de pie allí observándolos y corrí hasta ellos y me senté en el suelo, rodando con mis hijos y mi marido.
Un ruido se escuchó en la puerta del frente, sabía quién era, tenía la llave porque aquí siempre sería su casa también. Giovana entró llamando a los niños.
—¡Gigi! —gritaron los gemelos juntos y se levantaron corriendo, yendo hasta ella.
Ya no era más una niña, era una joven mujer que había tomado un rumbo en la vida y trabajaba duramente por sus objetivos. Su cabello estaba a la cintura y ya no exhibía las mechitas rosadas de tiempos atrás, pero era tan linda como una muñeca y ¡todavía completamente enamorada de los hermanos!
Llegó hasta la sala siendo jalada por los dos pequeños, se agachó para abrazar al papá y después me abrazó, solo entonces se sentó en el sofá y jaló a los niños encima.
Observaba la escena y, mientras la luz del sol de la tarde bañaba la sala amplia y nos iluminaba, recordé brevemente otros tiempos, tiempos de espacios pequeños, gritos tóxicos, comportamientos desesperados. E hice una plegaria silenciosa de agradecimiento por esta nueva vida que recibí, una vida de paz y felicidad. Las risas agudas de mis hijos me trajeron de vuelta de mis pensamientos, estaban completamente locos por la hermana mayor que se había convertido en una guardiana para ellos.
—¿No creen que esta casa es demasiado grande? —preguntó Giovana haciéndome reír—. Podrían mudarse de vuelta al departamento, yo los recibiría.
—La casa no es grande, es del tamaño de nuestra libertad, Gi! Y es perfecta para recibir a la familia y tú puedes resolver mudarte para acá, ¡nosotros te recibiríamos! —respondí y ella rio.
—¡Ustedes siempre reciben, Nana! —me sopló un beso—. Pero entonces bien podrían tener unos dos o cuatro hijos más, ¿no?! Mis hermanos están creciendo, ¡voy a extrañar tener un bebé para cuidar!
—Bien que yo quisiera tener uno o dos más, ¡pero mi loca cree que ya tenemos demasiado desorden! —Rafael suspiró y miró alrededor—. Sí, tenemos, pero la culpa fue de ella misma por andar llamando a los gemelos caos y tempestad.
—¡Confieso que me arrepiento! —hablé solemnemente y empezaron a reír.
—¡Cierto! Ahora vamos a hablar en serio, voy a llevar a los angelitos conmigo a pasear. Vamos a ir a la casa de la abuela. —habló Giovana y miré a los niños vestidos con conjuntitos de bermuda y camiseta, totalmente cómodos.
—Voy a bañarlos, Gi. —empecé a levantarme.
—No hace falta, Nana. Sabes cómo es en lo de mi abuela, van a jugar en el jardín y rodar en esa caja de arena que el abuelo Geraldo construyó para ellos. Solo voy a tomar su bolso. Y no te preocupes papá, ¡las sillitas están en el auto! —Giovana puso a los niños en el suelo y se levantó.
—¿Y dónde está tu novio? —preguntó Rafael.
—Voy a pasar a recogerlo a su casa, estamos de descanso hoy, es el día del tío Rubens en el bar. —Se detuvo y se volteó hacia su padre—. Papá, sabes que el guapetón va a dejar el bar pronto, ¿no? —preguntó Giovana.
—¡Lo sé, Gi! Su graduación se acerca y estoy ansioso por eso. Está construyendo un gran futuro. —respondió Rafael y ella sonrió.
—¡Así es! ¡Voy a buscar el bolso! —se volteó y salió de la sala.
Quince minutos después salía con los gemelos alegres en las sillitas del asiento trasero de su auto y cantando cancioncitas infantiles con ellos. Cuando volvimos adentro Rafael me abrazó y me dio un beso largo y tranquilo en la frente.

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