—¡Gideon! —protestó Dierdra—. ¿No ves lo que está haciendo esta criatura desagradecida?
[¿Oh, y ahora qué?] Pensé. Yo había estado de acuerdo con ella en que Gideon debía llevarla en mi lugar, así que no entendía por qué seguía descontenta. Tanto Gideon como yo nos giramos hacia su "compañera" con expresiones de absoluta incredulidad.
—Adelante, entonces —le dije con ironía—. Cuéntame qué es lo que estoy haciendo.
Dierdra me lanzó una mirada furiosa.
—¡Quieres que me esfuerce de más porque deseas lastimar a mi cachorro!
Noté que no dijo "nuestro" cachorro. ¿Acaso se debía a que ya veía a su hijo simplemente como una herramienta para usar en su propio beneficio? Qué sutil desliz...
Para mi sorpresa, Gideon tomó las riendas de la situación de una manera que rara vez hacía cuando Dierdra estaba en pleno torbellino. Se acercó a ella con suavidad, la tomó del brazo y la escoltó hacia la salida.
—Por esa razón te mantendré aquí, donde estarás a salvo y menos estresada —le dijo con voz apacible—. No quiero que te preocupes por esto en absoluto —añadió solícito. Dierdra frunció el ceño mientras él la empujaba hacia afuera, y la mirada que me lanzó a través de la rendija antes de que la puerta se cerrara estuvo cargada de veneno.
Cuando la oficina quedó aislada, Gideon le pasó el cerrojo a la perilla y se volvió hacia mí; de repente, su rostro se mostró desbordante de emoción.
—Si esperas que te agradezca por este viaje, entonces debes saber que todavía no tengo la menor intención de ir contigo —le dije, levantando la cabeza con aire desafiante a medida que se aproximaba.
—Quizás te gustaría escuchar mis condiciones primero —gruñó Gideon, y mis protestas se ahogaron en mi garganta. Pues resulta que sí, sí quería escucharlas.
No dejé de mirarlo con dureza, pero cerré la boca mientras él caminaba hacia su escritorio y extraía un trozo de pergamino. Lo observé con curiosidad y descubrí que era un mapa de los Grandes Territorios de Lobos, el cual abarcaba toda la extensión de Lobo Nocturno, Luna de Plata y sus vecinos del norte y del oeste. El mapa estaba repleto de marcas rojas, acompañadas de diminutas columnas de números escritas a lápiz y lo que parecían ser porcentajes a un costado.
—¿Qué... qué es esto? —pregunté intrigada, deslizando los dedos sobre el papel. En un punto específico se apreciaba un gran círculo rojo con el número cincuenta debajo y la anotación "65, 10, 70%".
—La cantidad de guerreros renegados en varios puntos de control y guarniciones —murmuró Gideon, alisando el mapa para que pudiera examinarlo.
—¿Y los porcentajes?

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