De manera obediente, me deslicé entre los montones de colores intensos de satén, gasa y damasco. Mis dedos rozaron tímidamente los terciopelos, las gamuzas y la seda cepillada de las finas solapas de un esmoquin masculino que caía con elegancia sobre un maniquí sin rostro, en una sección del piso dedicada a la ropa de caballero.
—Luna Avery de Lobo Nocturno —la voz de un lobo interrumpió mi examen textil y me giré de golpe para ver a un sujeto alto que avanzaba hacia mí entre los exhibidores. Tenía el cabello de un rojo encendido, ojos brillantes del color del cristal marino, y la anchura de sus hombros y su complexión musculosa gritaban "Alfa" a alguien como yo, que había crecido toda su vida entre lobos.
Me quedé boquiabierta al reconocerlo, asociando un nombre con el rostro que me miraba con interés.
—Alfa Reynaud —asentí, con la mente trabajando a toda velocidad incluso mientras realizaba los movimientos de cortesía. No había visto a este lobo desde nuestros peligrosos encuentros en el Baile de Alfas, meses atrás—. ¿Qué... qué estás haciendo aquí? —tartamudeé.
—Lo mismo que tú, supongo —respondió él con una inclinación cortés—, comprando algunos suministros de último minuto para mi viaje.
—¿Al Consejo? —pregunté, y él asintió con elegancia. Era un lobo hermoso. De facciones mucho más finas que las de Gideon, quien era puro músculo y fuerza bruta. Había algo más refinado y ensayado en la forma en que Reynaud se movía, como si cada gesto estuviera premeditado para proyectar gracia y eficiencia—. En efecto. Me alegra haberte encontrado de esta manera —sus ojos brillaron de una forma que me hizo dudar si este encuentro fortuito era realmente tan casual como parecía—. Tengo un asunto que deseo discutir contigo...
En ese preciso instante escuché la voz de Camila llamándome desde el otro lado de unos estantes. Reynaud levantó la cabeza y se escondió en el laberinto de telas que nos rodeaba.
—Puedo ver que estás ocupada —esbozó una sonrisa—. Te buscaré en un momento, cuando hayas terminado tus asuntos.
Y entonces se marchó. Sacudí la cabeza, sin saber qué pensar de aquel encuentro. Camila dobló una esquina y corrió hacia mí para jalarme del brazo.
—Ahí estás, ¿has elegido algo? —frunció los labios al mirar la pequeña pila de muestras que yo apretaba en las manos—. De acuerdo, bien. La asesora ha seleccionado algunos vestidos de muestra para ti en los probadores...

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