—Debes saber algo —comenté, girándome para encararla por completo.
Sorbió por la nariz y dio un paso hacia la luz. Vi que tenía los ojos enrojecidos e hinchados, como si hubiera estado llorando durante horas.
—No lo sé —su voz bajó de tono y algo cruzó por su rostro. Algo que no alcancé a descifrar—. Pero percibo que el Rey Renegado está detrás de esto. ¿Tú no?
Por supuesto que sí. El bastardo se había estado metiendo con Avery durante demasiado tiempo como para descartarlo como una posibilidad. Él fue lo primero que me vino a la mente cuando ella desapareció.
Pero en este momento, no tenía pistas sobre su ubicación. Si se la había llevado, lo más probable es que la hubiera conducido a un lugar bien escondido, uno donde a mí no se me ocurriría buscar. No sería fácil localizarlos.
Sin embargo, había algunos que podrían saberlo.
Encontré a Reynaud en un bar, uno que, según los rumores, había estado frecuentando desde su caída. Ya estaba un poco borracho, con la cabeza gacha mientras se posaba en uno de los taburetes de la barra.
—Reynaud —lo tomé por el hombro y lo obligué a mirarme—. ¿Dónde está ella?
Él me clavó la mirada.
—¿Qué?
—Avery. Ya debes de haberte enterado de que desapareció. Sabes algo, ¿verdad?
Se quitó mi mano de encima de un sacudida y le dio un trago a su bebida.
—¡No sé nada! —balbuceó—. Tal vez finalmente decidió largarse y dejar tu lamentable trasero.
—No tienes derecho a decir eso —le agarré un puñado de la camisa y lo arranqué de su asiento. Tropezó y lo estampé contra la pared. Algunos clientes del bar nos miraron fijamente y el cantinero refunfuñó algo, pero nadie me detuvo. Sabían que era mejor no discutir. Especialmente cuando la furia de mi lobo brillaba con un tono amarillo enfurecido en mis ojos.
—Es de conocimiento público, Gideon. Tratas a tu Luna como si fuera una basura. Probablemente se hartó de tus mierdas y decidió…
—Suficiente —la voz de mi lobo rugió desde mi garganta en lugar de la mía propia, y volví a estrellar a Reynaud contra la pared, esta vez con la fuerza suficiente para agrietar el yeso detrás de él. Los clientes del bar se dispersaron mientras un gruñido resonaba en mi pecho. Podía sentir mis colmillos y garras extenderse, ansiosos por desgarrarlo solo por decir semejante cosa.
Y sin embargo, en el fondo de mi mente, había una pequeña voz que susurraba que tal vez Reynaud tenía razón, hasta cierto punto. Quizás no había tratado a Avery como se merecía antes de darme cuenta de que era mi compañera.
Pero ella no habría huido de mí. No de esta manera. Ella me amaba, incluso si estaba enojada conmigo.
De repente, sentí una mano en mi hombro. Giré la cabeza bruscamente, gruñendo, y me quedé helado. Zara me sonreía con los brazos cruzados con recato sobre el pecho.
—Sé dónde está —dijo—. Te lo diré. Por un precio, por supuesto.

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