La observé mientras se ponía de pie a trompicones y salía corriendo, presuntamente en dirección a un baño.
¿Cómo había tardado tanto en darme cuenta de lo pésima actriz que era?
Suspiré, pasándome las manos por la cara con frustración. El tiempo apretaba, pero tendría que ser más cuidadoso si quería sacarle información. Tal vez esta noche, durante la cena, podría emborracharla. Quizás el vino le aflojara la lengua.
—¿Gideon?
Levanté la vista al escuchar la voz de la madre de Avery. Caminaba cojeando por el césped, apoyándose en su bastón. Tenía un trozo de papel en las manos.
—Esto acaba de llegar —dijo, sosteniéndolo en alto. Se veía perturbada—. Estaba dirigido a mí. De parte de… Avery.
Me puse de pie de un salto.
—¿Puedo verlo? —ella asintió y me lo entregó, y yo examiné el contenido.
[Querida madre,]
Decía la carta.
[Soy yo. Avery. Sé que has estado preocupada por mí, pero quiero que sepas que estoy bien. Ahora vivo con mi verdadero compañero. Él dice que soy una princesa y que me convertirá en su reina. Una vez que nos apareemos, tendré muchos cachorritos y seré toda suya. En cuerpo, mente y alma. Pero te extraño. Por favor, ven a quedarte conmigo. Podemos vivir juntas, en paz, tal como lo conversamos. Si quieres verme, coloca una vela en tu ventana a la medianoche, una noche antes a la Luna Oscura. Asegúrate de que sea la ventana que da hacia el este. De lo contrario, no podré verla. Con amor, Avery.]
Mi corazón se resquebrajó. Me quedé mirando la carta, luego a la madre de Avery. Era la letra de Avery; la reconocería en cualquier parte.
¿De verdad pensaba que era feliz con el Rey de los Renegados ahora?
***
Punto de vista de Asher
—No… —la esclava miró el frasco de nuevo, luego hacia sus propios pies—. Sí se veía algo… resignada, supongo. Como si hubiera tomado una decisión que había estado postergando. Pero no me dijo nada antes de darse la vuelta y marcharse.
Me detuve, sopesando las palabras de la esclava. La historia sobre Deirdre y Gideon debió haber arrojado a Avery a mis brazos, pero luego ella había ido e intentado enviarle esa carta a su madre. Tal vez todavía tenía planes de escapar.
Pero no importaba. Las semillas ya habían sido plantadas; con un poco de agua y cuidado, pronto echarían raíces. Si no podía convencer a Avery de que yo era el compañero adecuado para ella, entonces la convencería de que a Gideon nunca le importó.
Muy pronto, perdería la fe y se rendiría. Una vez que aprendiera que era más simple, más fácil, quedarse a mi lado, entonces no intentaría marcharse nunca más. No intentaría regresar con él.
Y él no intentaría volver por ella. No una vez que yo clavara mis garras en las mentes de ambos.
Abrí el frasco, saqué algo de su interior y se lo arrojé a la esclava. Ella atrapó el dulce, desenvolviéndolo de inmediato y metiéndoselo a la boca con una sonrisa.
—Márchate ya —dije, espantándola con la mano—. Tengo una carta que enviar.

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