Dominic palideció por completo, sintiendo náuseas corporales ante la revelación. Su madre, había sido subastada como mercancía por culpa de su propia familia.
—El conde estaba allí esa noche —continuó Nikolai, con los dientes apretados—. Al verla, se enamoró de ella. Era un hombre mucho mayor. Pagó una fortuna y la compró para sacarla de allí. Pero esa noche, cuando llegaron a una propiedad y él intentó reclamar su cuerpo, ella se echó a llorar y le contó toda su historia. Le habló de usted y como le habían arrancado de sus brazos.
Dominic se tapó la boca con una mano, conteniendo un sollozo que le quemaba la garganta.
—El conde se compadeció de ella —prosiguió el ruso—. La protegió, la sacó de ese mundo, pero no podía convertirla en su esposa legal de inmediato porque él ya estaba casado y Eleonora estaba gravemente enferma. El conde pasó años pagando médicos para desintoxicarla de todas las drogas pesadas que Charlotte Pierce le había suministrado para que no tuviera conciencia cuando esos hombres aparecían en fotos con ella. El cuerpo de Eleonora sanó, pero su corazón quedó severamente debilitado por el daño químico. Durante ese tiempo aprendió el idioma, refinó sus modales y adoptó el título, pero no tenía pruebas legales ni el poder económico necesario para regresar a Nueva York a enfrentar al imperio Pierce. Hasta ahora.
Dominic bajó la mano, revelando un rostro transformado por una furia volcánica y destructiva. Las lágrimas de tristeza se secaron, sustituidas por un odio puro que iba dirigido a un solo objetivo.
—Mi abuela va a pagar por esto —sentenció Dominic, con una voz tan baja y letal que hizo eco en el pasillo—. Te lo juro por mi vida, Nikolai. Charlotte Pierce va a pagar cada segundo de sufrimiento de mi madre, aunque tenga que destruir mi propio apellido para lograrlo.
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André entró a la mansión Pierce sin anunciarse, con el paso apresurado y la respiración alterada por la humillación de haber sido expulsado de la empresa por Grace. Encontró a Charlotte en la biblioteca, tomando el té con una tranquilidad absoluta.
—La condesa está grave, Charlotte —soltó André sin preámbulos, plantándose frente a ella—. Colapsó después del cóctel. La tienen en el hospital y los médicos dicen que si no consiguen un corazón nuevo en los próximos días, va a morir.
Charlotte dejó la taza de porcelana sobre la mesa y una sonrisa gélida y triunfante se dibujó en sus labios arrugados. Sus ojos brillaron con una maldad pura.
—Al fin —exclamó la anciana, enderezando la espalda—. Al fin esa muerta de hambre va a desaparecer de nuestras vidas para siempre. Dios actúa de formas misteriosas. Ahora me falta Grace y desquitarme de otra que me engañó, todas esas mujeres deben entender que no es bueno tenerme de enemiga.
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