Sarah bajó el teléfono lentamente, sintiendo las manos frías y un nudo apretándole la garganta. Miró a Maxwell con la mirada desorbitada.
—Es mi papá... —susurró, con la voz temblándole ligeramente—. Dicen que está muy grave en el hospital.
Maxwell frunció el ceño al instante. La sola mención de Arthur Coleman despertaba en él un resentimiento viejo y bien justificado. Su rostro se endureció, dudar era inevitable después de todo el historial de manipulaciones.
—Pues vamos a ver si es cierto —dijo Maxwell con tono seco, apretándole la mano a Sarah con firmeza—. Y más le vale que no sea otra de sus trampas para manipularte.
Cancelaron el vuelo de inmediato. El chofer cambió de ruta y se dirigieron a toda prisa al centro médico donde Coleman estaba ingresado.
Al llegar al hospital, la atmósfera pesada del lugar solo aumentó los nervios de Sarah. Entraron a toda prisa por la recepción principal; Maxwell llevaba a Arthur en brazos mientras Sarah se acercaba con paso firme al mostrador.
—Buenas tardes, soy Sarah Coleman —dijo, intentando mantener la voz serena ante la recepcionista—. Soy la hija de Arthur Coleman. Necesito hablar de inmediato con el especialista a cargo de su caso.
Pocos minutos después, un médico de bata blanca y rostro fatigado salió por las puertas dobles del área de cuidados intensivos. Se acercó a ellos, ajustándose las gafas.
—Señora Coleman —saludó el doctor con gravedad—. Qué bueno que llegó. Como usted ya sabía, el cáncer de su padre había entrado en fase de remisión hace meses; pensábamos que la enfermedad estaba controlada. Sin embargo, lamentablemente el cuadro se agravó de forma fulminante. Ha sufrido una recaída agresiva con metástasis.
Sarah dio un pequeño paso atrás, buscando el apoyo de la mano de Maxwell.
—¿Cómo está él? —preguntó apenas en un hilo de voz.
—Está agonizando, señora —respondió el médico sin rodeos pero con empatía—. Los dolores son increíblemente intensos, hasta el punto de que la morfina ya no le hace ningún efecto. Le quedan muy pocas horas. Si quiere despedirse de él, tiene que ser ahora.
Sarah asintió sin dudarlo un segundo, tragándose el nudo que le quemaba la garganta.
—Claro que quiero verlo —dijo, intentando que la voz no le temblara.
—Acompáñeme, por favor —indicó el médico.
Maxwell se acercó a ella y le colocó la mano en el hombro.
—Ve tranquila, cariño, nosotros acá esperamos.
Sarah asintió. Enseguida la llevaron a una zona de desinfección donde le colocaron la bata médica, el gorro y la mascarilla. Cada segundo que pasaba aumentaba la presión en su pecho. Cuando la puerta de la suite de cuidados intensivos se abrió de par en par, el impacto fue directo.
Arthur Coleman ya no parecía el hombre imponente y controlador de antes. Estaba reducido a una sombra; la piel pegada a los huesos, los pómulos marcados como los de una calavera y la respiración pesada, entrecortada por un silbido doloroso.
A Sarah se le oprimió el corazón. Por más daño y resentimiento que hubiera en el pasado, ver a su padre devastado por el dolor le caló en lo más profundo. Avanzó despacio, el sonido de las máquinas marcaba cada uno de sus pasos.
—Papá... —susurró, acercándose al borde de la cama.
Al escuchar su voz, Arthur abrió los ojos con enorme esfuerzo. Sus dedos, temblorosos y helados, se movieron torpemente hasta encontrar la mano de Sarah y sujetarla con la fuerza desesperada.
—Sarah... —la voz de Arthur era apenas un rasguño seco—. Por favor... autoriza la eutanasia. No puedo más... no quiero seguir sufriendo este infierno. Eres mi única familia... hazlo, por lo que más quieras, hazlo.
Sarah se congeló. La súplica en los ojos de su padre era desgarradora, pero la realidad legal era otra. En el estado de Nueva York la eutanasia directa y la muerte asistida no era legal, por lo que ningún médico podía aplicarle una inyección letal para terminar con su vida al instante.
—Papá... eso no es posible —respondió con la voz temblorosa pero clara—. La eutanasia no es legal aquí, los médicos no pueden hacer eso.


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