El fin de semana llegó y los mellizos estaban felices de pasar unos días en la gran casa de su abuela. Derek y Doménica corrían por la sala de la condesa Leonor, llenando el silencioso lugar con sus risas y saltos mientras ella los observaba sentada en el sofá principal con una sonrisa relajada.
—¡Abuela, abuela! —exclamó Doménica, subiéndose al sofá de un salto y acomodándose al lado de ella—. Queremos ver una película. Pon "Hotel Transylvania".
—¡Sí! —apoyó Derek, parándose frente a ellas y levantando los brazos—. Ahí sale papá Drac. ¡Es un drácula de verdad!
De inmediato, el niño encogió los hombros, se tapó la boca con una mano simulando una capa y fingió una voz grave y misteriosa. Doménica lo imitó al instante, mostrando los dientes y soltando una risita traviesa mientras intentaba asustar a Leonor con sus manos abiertas en el aire.
Leonor no pudo contenerse y soltó una carcajada, tomándose el pecho con una mano ante las ocurrencias de sus nietos.
—A ustedes no les va a pasar nunca esa obsesión que tienen con el conde Drácula —dijo Leonor, acariciando el cabello de Doménica con cariño mientras negaba con la cabeza—. Su padre ya me había hablado de esto.
—¡Es que papá Drac es muy divertido, abuela! —aseguró Derek, sentándose en el suelo y mirándola con entusiasmo.
—Está bien, está bien —cedió Leonor, tomando el control de la televisión que estaba sobre la mesa auxiliar—. Veamos lo que quieren.
Los niños celebraron chocando las manos y se acurrucaron junto a ella en el gran sofá, listos para empezar la película mientras la condesa los rodeaba con sus brazos, disfrutando de tener la casa llena de vida.
****
Dominic había planeado el fin de semana perfecto para estar a solas con Grace. Manejó unas horas fuera de la ciudad hasta llegar a una hermosa y exclusiva cabaña rústica de lujo en la zona montañosa del estado de Nueva York, rodeada de bosques y con una terraza privada que ofrecía una vista despejada y espectacular al horizonte nocturno.
La mesa para la cena estaba servida en la terraza, iluminada por velas tenues y el calor de una pequeña chimenea exterior. Cenaron tranquilos, riendo y disfrutando de la complicidad de estar solos, lejos de las obligaciones de la empresa y del ajetreo de la rutina diaria.
Hacia el final de la cena, Dominic se puso de pie, le extendió la mano a Grace y la guio hasta el borde de la baranda de madera de la terraza.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO