Dominic se detuvo frente a ella y le colocó una mano en el hombro para transmitirle calma, aunque su rostro reflejaba una seriedad absoluta.
—Hablé con él y y me pondré en contacto con mis abogados —le explicó Dominic con voz baja y pausada—. Pero la situación es grave. No sabemos quién delató a Maxwell ante la fiscalía. Él sospecha que la gente del exterior con la que hizo esos negocios en el pasado descubrió algo o lo traicionó, así que el peligro es real. Tú y Arthur no pueden estar solos en este momento. Vienen conmigo a la casa de seguridad ahora mismo.
Sarah sintió un escalofrío al escuchar la advertencia, pero al mirar a su hijo durmiendo, la necesidad de protegerlo disipó cualquier duda. Asintió con la cabeza, sintiendo un nudo de gratitud en la garganta.
—Gracias, Dominic... de verdad muchas gracias por no dejarnos solos en esto —alcanzó a decir con la voz entrecortada.
—No tienes nada que agradecer, es lo mínimo que puedo hacer por ustedes —respondió Dominic, acortando la distancia para extender los brazos—. Pásame al campeón. Yo lo cargo.
Sarah le entregó al niño con sumo cuidado. Dominic acomodó el cuerpo ligero de Arthur contra su pecho, asegurándose de que la mascarilla del pequeño no se moviera, consciente de los estrictos cuidados que requería por su delicada salud. El niño soltó un pequeño suspiro, pero no se despertó.
—Antes de irnos a la casa de seguridad, Dominic, necesito que hagamos una parada —intervino Sarah, acomodándose la cartera en el hombro con un gesto de urgencia—. Debemos pasar por el apartamento. Tengo que recoger todas las medicinas de Arthur, sus implementos de cuidado y ropa limpia para los dos. No podemos pasar la noche sin sus cosas personales.
—Comprendo vamos para allá pero con las medidas de seguridad necesarias —indicó Dominic.
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El padre de Sarah permanecía sentado detrás del imponente escritorio de madera de su despacho, manteniendo el teléfono celular pegado a la oreja con una expresión de fría satisfacción. Al escuchar los pasos, cortó la llamada de golpe y levantó la mirada. Su hombre de confianza acababa de entrar a la oficina, cerrando la puerta con total discreción a sus espaldas.
—Señor, el plan avanzó exactamente como lo previsto —anunció el subordinado, deteniéndose frente al escritorio—. Maxwell Foster ya fue notificado y detenido por la policía judicial.
El viejo esbozó una sonrisa torcida, entrelazando los dedos sobre la mesa.
—¿Ya está tras las rejas? —preguntó con un tono de voz gélido.
—No directamente en una celda, señor. Como todavía se está recuperando de la cirugía por el impacto de bala, sus abogados lograron que el juez le otorgara el arresto domiciliario bajo estricta custodia policial por motivos de salud —explicó el empleado, dando un paso al frente—. Pero el verdadero golpe viene ahora. En este mismo momento, el fiscal del caso está tramitando la orden de suspensión inmediata de las licencias aduaneras de operación y el bloqueo preventivo de las concesiones portuarias.
El padre de Sarah amplió su sonrisa, enderezando la espalda con un brillo de pura maldad en los ojos. Sabía perfectamente lo que eso significaba.
—Eso va a congelar por completo los puertos de Nueva York y San Francisco —murmuró el viejo, saboreando cada palabra—. Toda la red de transporte que Global Pierce maneja en conjunto con las firmas de Foster&Scott se va a quedar estancada en los muelles. Ningún barco va a poder cargar o descargar mercancía a partir de hoy.
—Así es, señor. El impacto económico va a ser devastador para ellos en cuestión de horas. La fusión de esas empresas se va a ir a la quiebra antes de que puedan defenderse en los tribunales.


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