Leonor tragó saliva, acorralada por su propia trampa, pero su orgullo de condesa la hizo intentar recuperar el control. Se puso de pie, quedando tan cerca de él que sus pechos casi se rozaban.
—Eso a ti no te importa, Nikolai. Eres mi empleado, no tienes derecho a cuestionarme ni a controlar mi vida.
—He sido su empleado durante quince años, Leonor —replicó él, rompiendo toda barrera de etiqueta al llamarla por su nombre de pila, con una fuerza que la hizo estremecer—. Quince años en los que me he tragado el orgullo, en los que he tenido que verla sufrir, reír y llorar por hombres que no la merecían. Quince años de un maldito infierno manteniéndome a distancia. Así que no me diga lo que me importa y lo que no.
La respiración de Leonor se aceleró. Su pecho subía y bajaba con fuerza, sus ojos estaban fijos en los labios de él, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo.
—¿Y por qué te importaría tanto ahora? —desafió ella en un hilo de voz, con el corazón latiéndole desbocado.
Nikolai sonrió de lado, con una confianza y una audacia que jamás le había visto en todos esos años. Se inclinó un poco más, rozando con sus labios la curva de su oreja.
—Dígale a su Dimitric imaginario que su tiempo se ha acabado —le susurró con voz ronca—. Porque a partir de hoy, el hombre que la va a cuidar, a proteger y a amar de verdad... soy yo.
Leonor abrió la boca para protestar, pero Nikolai no le dio espacio. La tomó de la nuca con una mano grande y firme, enredando los dedos en su cabello, y la otra la asentó en su cintura, atrayéndola con fuerza contra su cuerpo.
La besó.
Fue un beso lleno de pasión y el deseo acumulado de quince años de silencio. Nikolai la reclamó con una posesión salvaje pero contenida, devorándole los labios con una urgencia que le quitó el aire. Leonor soltó un jadeo ahogado contra su boca y, lejos de apartarse, se aferró a sus hombros, enredando sus manos en su chaqueta de cuero, respondiendo al beso con la misma intensidad desesperada.
El beso se volvió más profundo. Cuando finalmente se separaron por la falta de aire, Nikolai apoyó su frente contra la de ella, jadeando, sin soltarla de la cintura.
Leonor lo miró con los ojos empañados y las mejillas encendidas, con una sonrisa trémula que por fin nacía del alma.
—Tardaste quince años, durak (tonto) —susurró ella, acariciándole la nuca.
—No volveré a perder un solo segundo —prometió Nikolai, antes de volver a sellar sus labios con un beso suave pero decidido.
*****
El médico de Arthur los recibió con una sonrisa cálida mientras revisaba la carpeta con los resultados de los últimos análisis de sangre.
—A ver, Arthur, vamos a ver cómo se están comportando esas defensas —dijo el doctor, invitándolo a sentarse en la camilla de exploración—. Déjame revisar tu garganta y tus reflejos.
Arthur obedeció sin chistar, acostumbrado ya a la rutina de los médicos, mientras Maxwell y Sarah esperaban de pie junto a él, tomados de la mano y con una tensión contenida en los hombros.
—Doctor, ¿cómo salieron los análisis de esta semana? —preguntó Sarah, con la voz cargada de esa expectativa que todo padre de un niño recuperado conoce muy bien—. El conteo de plaquetas y neutrófilos, ¿sigue estable?
El médico dejó la carpeta sobre el escritorio, se quitó los lentes y los miró con una expresión de absoluta satisfacción.


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