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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 234

Sarah atravesó las puertas dobles del pasillo y el aire helado de la sala de espera pareció devolverla a la realidad. No aguantó más. Se rompió ahí mismo, en medio del silencio del hospital.

Maxwell se puso de pie al instante al verla. El pequeño Arthur permanecía concentrado, sentado en una de las sillas acolchadas con las piernas cruzándosela en el aire, entretenido pasando las páginas de un libro de dibujos que su papá le había comprado minutos antes en la tienda de regalos para mantenerlo al margen.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Maxwell con tono grave, envolviéndola entre sus brazos sin dudarlo un segundo.

Sarah escondió el rostro en el pecho de su esposo, aferrándose a la tela de su saco mientras las lágrimas le mojaban la camisa.

—Mi papá... ni en su lecho de muerte dejó de ser cruel —susurró con la voz rota por el llanto—. Está agonizando, Maxwell, y ni siquiera en sus últimos minutos fue capaz de pedirme perdón.

Maxwell apretó el agarre alrededor de su cintura, apoyando la barbilla sobre la cabeza de ella y mandando una mirada sombría hacia la puerta de cuidados intensivos.

—Eso no queda en tu conciencia, Sarah, sino en la de él —dijo con firmeza y ternura a la vez—. Tú cumpliste con venir, mostraste la humanidad que a él le faltó siempre. ¿Qué era lo que quería?

—Quería que lo ayudara a morir... —respondió ella entre sollozos cortos—. Quería que autorizara la eutanasia. Pero sabes bien que acá no está permitida. Así que hablé con los médicos y acepté la sedación paliativa. Lo durmieron hasta que su cuerpo colapse... con eso al menos dejará de sufrir.

Maxwell soltó un suspiro pesado. La pegó un poco más a él, pasando una mano por su espalda.

—Me duele el alma verte sufrir así —admitió él, sin esconder la dureza en su mirada—. Pero por él no puedo sentir lástima, Sarah. Y menos cuando sigue haciéndote llorar incluso al final. Discúlpame, sé que es tu padre, pero...

—Tranquilo —lo interrumpió Sarah, apartándose apenas para mirarlo a los ojos y limpiarse las lágrimas con la palma de la mano—. No tienes de qué disculparte. Tienes razón. Lo mejor es que salgamos de aquí y continuemos con nuestras vidas.

Maxwell la observó unos segundos, admirando la fortaleza que resurgía en su mirada. Se inclinó y le dio un beso corto, dulce y reconfortante en los labios.

—Vamos a casa.

Acomodó a Arthur sobre su hombro, le tomó la mano a Sarah con fuerza y juntos caminaron hacia la salida del hospital, dejando atrás el fantasma de Arthur Coleman para poner rumbo al aeropuerto y regresar a San Francisco.

****

Dimitric Pierce estacionó el auto con una maniobra impecable justo frente al edificio donde Danna había rentado el departamento por Airbnb. El motor quedó en un ronroneo suave antes de apagarse por completo.

Danna se acomodó el bolso sobre el regazo y lo miró con serenidad.

—Gracias por traerme.

Dimitric, impecable y con esa apostura madura que imponía sin esfuerzo, se giró levemente hacia ella, apoyando un brazo en el volante.

—Fue un placer... aunque viniste callada todo el camino.

—Venía sumida en viejos recuerdos —admitió ella, mirando un segundo hacia el parabrisas.

—¿Buenos o malos? —inquirió Dimitric, arqueando una ceja con curiosidad genuina.

Danna le dedicó una sonrisa pequeña y reservada.

—Me reservo mi derecho a guardar silencio.

Dimitric sonrió de lado, dejando ver esa calidez peligrosa en sus ojos grises.

—Entonces quizás son recuerdos pecaminosos.

Danna abrió los ojos de par en par y sintió cómo el calor le subía de golpe por el cuello hasta las mejillas.

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