Antes, Wendy era la que picaba a los demás.
Ni en sus peores pesadillas imaginó que algún día le tocaría a ella ser la picada.
En cuanto a por qué la abuela Barragán no gritaba, no era porque fuera muy valiente.
Era porque tenía la boca amordazada y no podía emitir ni un sonido.
Wendy no tardó en rendirse; se arrodilló en el suelo y miró a Eloísa.
—Señora, usted es una persona de gran corazón, ¡por favor, perdóneme! ¡Déjeme ir! ¡Yo también fui obligada, todo fue culpa de mi mamá! ¡Yo nunca quise hacerle daño a Valentina!
—¡De verdad! ¡Nunca!
En ese momento, con tal de que la dejaran salir, Wendy estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.
—¿Que no querías? —Eloísa, indignada, le dio una bofetada—. ¡Claro que querías! En el video se veía muy claro cómo disfrutabas golpeando a mi hija, ¿no? ¿Así que tú sí sabes lo que es el dolor? ¡Por qué no pensaste que a mi hija también le dolería!
—¡Esto se llama karma!
***
Una hora después, todos decidieron salir de la celda de cristal.
Edgar se acercó de inmediato.
—Señorita Solano, por favor, espere un momento.
—¿Qué pasa? —Úrsula se giró levemente.
Edgar continuó:
—Vengo a preguntarle qué desea que hagamos con las Barragán.
—Que las encierren cuarenta años —respondió Úrsula—. Y durante esos cuarenta años, quiero que sufran cada golpe y cada tormento que mi madre soportó.
Se los había advertido.
Haría que las Barragán desearan estar muertas.
¿Cua… cuarenta años?
Al escuchar eso, Wendy se desmayó del susto.
Si la encerraban aquí cuarenta años, cuando saliera ya tendría más de setenta.
¿Qué podía hacer una persona de setenta años?
La abuela Barragán sintió que el mundo se le venía encima.
Cuarenta años.
Eso era como sentenciarla a morir en la cárcel.
—Ya volvieron —dijo Montserrat con una sonrisa.
—¡Mamá! —Julia se sentó junto a ella—. No adivina a quién nos encontramos al venir para acá.
—¿A quién? —preguntó Montserrat con curiosidad.
—¡A Israel!
Montserrat miró a Julia.
—Si ya vieron a su hermano, ¿por qué no entró con ustedes?
Julia negó con la cabeza.
—Traía un perro negro enorme, ¡de pie era más alto que una persona! Daba mucho miedo. No me atreví a acercarme.
Aunque Julia no le vio la cara al perro, de espaldas ya era bastante intimidante.
—¿Adoptó un perro? —Montserrat se levantó de la silla, furiosa—. ¡Este muchacho! Le digo que se busque una novia y me pone mil peros, ¡pero para tener gatos y perros sí que se apunta! ¿Por qué no se va a vivir su vida con los animales?
Dicho esto, miró al mayordomo y ordenó, indignada:
—¡Ve y dile a ese mocoso que en esta casa, o estoy yo o está el perro, pero los dos no!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...