Después de colgar, Úrsula bajó y les contó a sus padres y a Marcela lo que estaba pasando.
Al enterarse de que Fabián estaba desaparecido y no había pasado la noche en casa, Álvaro también se preocupó mucho.
—Esto no es cualquier cosa, Ami. ¡Voy contigo! —dijo de inmediato.
Por lo que conocía a Fabián, no era el tipo de persona que pasaba la noche fuera sin avisar y sin contestar el teléfono.
Si Álvaro había aceptado al anciano como su padre adoptivo, tenía que cumplir con sus responsabilidades como hijo.
Ahora que Fabián estaba en problemas, no podía quedarse de brazos cruzados en Villa Regia.
—¡Yo también voy! —añadió Valentina.
Marcela asintió.
—Sí, sí, sí, vayan los tres. Yo me encargo de la empresa, ¡ustedes no se preocupen!
—De acuerdo, entonces vamos todos —dijo Úrsula, mirando su reloj de pulsera—. Pero ya no hay boletos para el próximo vuelo, tendrán que comprar para el que sigue.
Solicitar un vuelo privado requería tiempo, y en ese momento, era más práctico tomar un vuelo comercial.
Álvaro sacó su celular de inmediato para buscar boletos.
—No importa, el siguiente vuelo sale en tres horas. Vayamos al aeropuerto. Si alguien cancela, nos vamos juntos; si no, ¡tomamos el siguiente!
La familia se dirigió rápidamente al aeropuerto.
Úrsula llegó justo a tiempo. Como no llevaba equipaje que documentar, pasó por el control de seguridad media hora antes del embarque y logró subir al avión sin problemas.
Sin embargo, Valentina y Álvaro no tuvieron la misma suerte y no encontraron boletos cancelados. Tendrían que esperar al siguiente vuelo.
***
En San Albero.
En cuanto recibió la llamada de Úrsula, Israel organizó a su gente para buscar a Fabián.
Envió a personas a las casas de los amigos de Fabián, al parque que frecuentaba y a su cafetería favorita.
Mientras tanto, él condujo hasta Villa Castillana.
Apenas bajó del carro, empezó a tocar el timbre con insistencia.
—¡Fabián! ¡Fabián! ¿Está en casa?
Cuando confirmó que nadie respondía, introdujo la contraseña que Úrsula le había enviado.
*Clic.*
La puerta se abrió.
Aunque Úrsula ya había visto por las cámaras que Fabián no estaba, temía que hubiera sufrido algún problema de salud y se hubiera desmayado en alguna de las habitaciones, ya que solo había cámaras en la entrada y en la sala, pero no en los dormitorios.
Por si acaso, le envió a Israel todas las contraseñas de la casa para que revisara. Si Fabián realmente se había desmayado, la presencia de Israel sería crucial para llevarlo al hospital a tiempo.
—¡Fabián!
—¿De verdad? —Los ojos de Úrsula se iluminaron—. ¿Dónde está?
—¡Sí! ¡Vamos, rápido! —Israel la jaló hacia el carro.
Una vez dentro, la expresión de Israel se tornó sombría.
—Es muy probable que a Fabián lo tengan secuestrado.
El rostro de Úrsula palideció.
***
Mientras tanto.
Fabián llevaba más de doce horas atado.
Estaba completamente debilitado y su rostro estaba pálido.
No había probado una gota de agua desde la noche anterior.
A sus más de sesenta años, ¿cómo podría soportar un trato así?
*¡Pum!*
La puerta se abrió de golpe.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...