—El proyecto de desarrollo de chips de máximo secreto ha sido un éxito rotundo después de cuatro años.
—El instituto pronto abrirá la licitación al público. Una vez que salga al mercado, beneficiará a todo el país.
—Señorita Jara, como líder principal del proyecto, ya he solicitado un bono de investigación a nivel nacional y un reconocimiento honorífico para usted.
—La destacada contribución que ha hecho liderando al equipo todos estos años merece ser recordada por muchos más.
***
En el elevador rumbo a casa, el rostro habitualmente serio y hermoso de Esperanza Jara mostraba una rara sonrisa de alivio.
Estaba impaciente por compartir las buenas noticias con su esposo, Valentín Salinas, e incluso ya había pensado en qué regalo comprarle con el bono.
Tenía que ser algo costoso, digno de su puesto como presidente de Grupo Vértice.
Aunque Valentín ya se codeaba con la alta sociedad, su estilo de vida era muy modesto; seguían viviendo en el mismo departamento de tres recámaras y una sala al que se mudaron cuando se casaron.
Al llegar, notó que la puerta principal estaba entreabierta.
Desde adentro se escuchaban las voces de Valentín y de su mejor amigo.
—¿Ahora que Carolina Luque regresó, qué vas a hacer con tu mujer?
La mano de Esperanza se detuvo justo cuando iba a empujar la puerta.
¿Carolina? La experta externa que había llegado a su proyecto hacía quince días se llamaba igual.
Qué coincidencia.
Adentro, Valentín guardó silencio.
—Valentín, no es por nada, pero en todos estos años no has podido olvidar a Carolina, el amor de tu vida. Vives contando los centavos para poder mandarle a escondidas tres millones de pesos al mes para sus investigaciones. Y ahora que regresó con sus estudios terminados, siendo una experta contratada para un proyecto confidencial a nivel nacional... Si la buscas y logras que te pase información sobre la licitación, tu puesto como presidente de Grupo Vértice quedará más que asegurado, nadie te va a poder mover.
Esperanza levantó la mirada de golpe, desconcertada.
Dudaba de lo que acababa de escuchar.
¿Tres millones?
Valentín solo le daba tres mil pesos al mes. ¿Cómo era posible que le diera tres millones a otra mujer?
Pero la conversación se escuchaba tan clara, cada palabra retumbaba en sus oídos, y Valentín no lo negó.
Por un instante, Esperanza sintió que se quedaba sin aire.
Valentín se levantó de pronto y miró su reloj.
—No quiero ponerla en una situación difícil. Bueno, tengo que ir a recoger a Caro al trabajo. No se preocupen por recoger la mesa, Esperanza lo limpiará cuando llegue.
—Oye, Valentín, fíjate en lo buena que es tu mujer. No solo mantiene la casa impecable, sino que también atiende de maravilla a tus papás y a tu hermana. ¿De verdad no sientes nada por ella?
Esperanza aguzó el oído y contuvo la respiración.
Valentín respondió con frialdad:
—A mí nunca me ha gustado el tipo de mujer que solo sirve para ser ama de casa como Esperanza, que se la pasa metida en la cocina y viviendo exclusivamente para complacer a su marido. Siempre me han gustado las mujeres exitosas y brillantes como Caro, enfocadas al cien por ciento en su carrera.
Esas palabras se clavaron como puñales en su pecho.
Los ojos de Esperanza se llenaron de lágrimas al instante, y la mano que le colgaba a un costado empezó a temblar.
—¿Entonces para qué anduviste tras Esperanza? Hasta te casaste con ella.
—En aquel entonces, Caro se empeñó en dejarme para irse al extranjero.
—¿Y fue solo para darle celos?
Valentín se quedó en silencio, otorgando con ello.
Después de eso, sus encuentros se volvieron frecuentes.
Cuando su mentor falleció, Valentín estuvo a su lado.
Cuando visitaba el orfanato, Valentín la acompañaba.
Cuando el proyecto se suspendió y ella se quedó sin trabajo, Valentín la abrazó, le dijo que no importaba y le propuso matrimonio.
Cuando se convirtió en una oficinista que ganaba apenas cuatro mil pesos, Valentín le acariciaba el cabello con una sonrisa y le decía que eso también era un gran logro.
***
Fue hasta las dos o tres de la mañana que Esperanza por fin se quedó dormida.
A las seis en punto, su reloj biológico la despertó, programado para prepararle el desayuno a su esposo.
Abrió los ojos, agotada.
El otro lado de la cama estaba frío, y las sábanas del cuarto de visitas estaban intactas.
Valentín no había regresado a dormir la noche anterior.
Estaba pensando en eso cuando escuchó el sonido de la cerradura electrónica en la puerta.
Esperanza volteó.
Su esposo entró, le tendió el saco con total naturalidad y se inclinó para abrazarla, pero se detuvo en seco, como si hubiera recordado algo.
—Ayer en la cena con mis amigos me impregné de humo y alcohol, mejor no te abrazo.
Antes, cada vez que Valentín llegaba de algún compromiso de trabajo, la abrazaba fuerte y le decía que así sentía de verdad que estaba en casa.
Con un nudo en la garganta, Esperanza recordó que la última vez que Valentín la había abrazado había sido quince días atrás.

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