Habían pasado apenas tres días desde que comencé mi calvario —o mi oportunidad, según como lo mirara— como secretaria de Rodrigo. Me quedé unos segundos mirando el techo, sintiendo el peso de la incertidumbre sobre mi pecho. Hoy desperté abrumada, con esa opresión en la boca del estómago que te avisa que el día será una batalla. Sin embargo, me obligué a levantarme. Estaba decidida a demostrarle a ese hombre frívolo y calculador que no solo era adecuada para el puesto, sino que era la mejor.
A pesar de que él se ha mostrado extremadamente exigente, autoritario y, por momentos, inhumano, he trabajado hasta el agotamiento para cumplir con sus expectativas imposibles. Rodrigo es el tipo de hombre que no camina, sino que coloniza el espacio con su presencia. Es frío y cortante en cada decisión; no tolera el más mínimo error, ni una coma fuera de lugar, ni un segundo de retraso. En la empresa, su nombre se pronuncia en susurros cargados de una mezcla de pavor y devoción ciega. Casi todos los empleados le tienen un miedo que raya en lo sagrado, respetándolo "hasta la muerte" simplemente porque saben que él tiene el poder de destruirlos con una sola palabra.
Hubo momentos, mientras organizaba su agenda interminable, en los que sentí unas ganas feroces de mandarlo a la m****a, de tirar el carnet de la empresa sobre su escritorio de caoba y marcharme para no volver jamás. Pero mis sentimientos por él eran una cadena de acero, aún más fuertes que mi orgullo. Me obligaban a quedarme, hiriendo a mi pobre corazón que persistía en su necedad, latiendo con un ritmo acelerado y descontrolado cada vez que su perfume amaderado inundaba la oficina.
“¿Cómo podría conquistar un corazón como el suyo, tan blindado y distante?”, me preguntaba mientras me terminaba de arreglar frente al espejo. Su amor se veía como una cima lejana e inalcanzable, cubierta de nieve perpetua. ¿Cómo podría una persona invisible como yo, una mujer que apenas parece una sombra en los pasillos de su imperio, aspirar a tocar un corazón que parece hecho de roca? Mis pensamientos estaban llenos de una desesperanza densa, como un pozo sin fondo. Nunca imaginé, cuando lo veía desde lejos, lo frío y cruel que podía llegar a ser en las distancias cortas.
Al llegar a la empresa, me sumergí en la rutina para no pensar. Trabajé sin parar, moviéndome con una rapidez que rozaba la ansiedad. Iba de aquí para allá con informes, café y documentos. No hubo un momento de descanso, ni un segundo de pausa para tomar aire. Mis pies dolían y mi mente empezaba a nublarse por el cansancio, pero seguía adelante. En el fondo, estaba contando los minutos para que el reloj marcara el final de la jornada. Hoy tenía un plan que era mi único motor: iría a visitar a Layla, mi mejor amiga.
La extrañaba tanto que el pecho me dolía de una forma física. Layla fue la única persona que permaneció a mi lado en mis peores momentos, apoyándome de forma incondicional cuando el mundo se desmoronaba. Fue ella quien no me abandonó cuando la oscuridad me rodeó tras el fallecimiento de mi hermano. Recuerdo esos días de depresión profunda, donde el aire se sentía espeso; Layla estuvo allí, intentando sacarme de ese pozo donde yo misma me había enterrado.
Pero luego vino la obsesión de mi padre. Bajo la excusa de buscar mi "bienestar", me aisló del mundo, cortando mis alas y dejándome sola. Me quedé atrapada en esa mansión tan grande que, con el tiempo, empezó a sentirse como una tumba de lujo. Mi madre, quebrada por la pérdida de mi hermano, quedó sumida en un trauma que la transformó en una desconocida; una estatua de sal que deambulaba por los pasillos, indiferente y vacía. Ya no quedaban rastros de la madre cariñosa que me arropaba de niña.
De repente, un estruendo rompió mi burbuja de recuerdos.

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