(Un día antes, en la mansión de los Montenegro)
El silencio de la biblioteca se rompió con el estallido de un vaso de cristal contra el suelo. Mi padre, Luis Montenegro, me miraba como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Estás mal de la cabeza, Alessandra? ¡Dime! ¿Cómo es eso de que quieres buscar un empleo? —Su voz retumbó entre los estantes repletos de libros antiguos—. ¿En qué se supone que trabajarás? Si quieres aprender el negocio, entrarás en mi empresa bajo mi supervisión. No hay más que hablar.
—¡No! —Mi respuesta fue un látigo. Sentía el corazón galopando contra mis costillas—. No quiero estar bajo tu sombra, papá. Buscaré trabajo en otro lugar, por mi cuenta. Te lo digo palabra por palabra para que no queden dudas: no seré "la hija del dueño".
—¡No me digas! ¡Ya basta de tonterías! —bramó él, cruzando el despacho con pasos pesados. Se detuvo frente a mí, su presencia era imponente, una montaña de autoridad—. No quiero escuchar una palabra más. Solo concéntrate en terminar la universidad. ¿Tú para qué quieres trabajar? No te hace falta dinero, no te hace falta comodidad. Eres la heredera de uno de los apellidos más pesados de este país y pretendes ir a quién sabe dónde a ser una empleada más... ¡No lo acepto ni lo permitiré!
Me miró con esa frialdad que reservaba para sus competidores en la bolsa de valores.
—Con esa actitud rebelde lo único que vas a conseguir es ensuciar nuestro apellido. Escúchame bien: no tienes permitido salir de esta casa si no es con el chofer y la seguridad. Es por tu bien —sentenció, dándome la espalda.
—¿Qué pasa, papá? ¿Acaso trabajar me haría menos? —Le grité, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a quemar mis ojos—. ¿Te avergüenza que una "niña rica" aprenda lo que es el esfuerzo real? ¿Sabes qué? No me importaría trabajar como una simple secretaria, atendiendo teléfonos o sirviendo café. Y si tanto te preocupa tu bendito apellido, quédate tranquilo: no voy a mencionarlo. A partir de mañana, para el mundo, seré nadie. Nadie sabrá que soy la hija del gran Luis Montenegro.
Él se giró lentamente, sorprendido por mi desafío.
—Ya soy adulta —continué, bajando el tono pero con más firmeza—. Tengo veintiún años y no te estoy pidiendo permiso, te estoy informando. Estoy asfixiada aquí. ¡Esto! —dije señalando las paredes de mármol, las cámaras de seguridad y las rejas doradas—. Esto que tú llamas "vida" y "tenerlo todo", para mí es una condena. Déjame respirar. No quiero tus tarjetas de crédito, quiero mi libertad. Quiero salir de estas cuatro paredes a las que me tienes sometida... ¡Acaso no lo entiendes!
Mi voz se quebró al final. El llanto estalló, pero no era un llanto de debilidad, sino de rabia acumulada por años.
—Quiero una vida normal —sollocé—. Quiero ser independiente, conocer gente que no me mire por mi cuenta bancaria, equivocarme por mi cuenta. Me rehúso a seguir siendo tu muñeca de vitrina.
Me hundí en el sofá, ocultando el rostro entre las manos. No sabía de dónde había salido ese valor para gritarle al hombre más temido de la industria, pero ya no había vuelta atrás. Estaba cansada de ser una marioneta, de que manejaran mis hilos bajo el pretexto del amor.
Su obsesión con cuidarme me estaba robando la juventud. Y yo sabía por qué lo hacía. Él también lo sabía.
Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar el sonido del metal retorciéndose y el olor a humo de aquel accidente. El día que mi hermano murió. Desde entonces, mi padre no solo perdió a un hijo; perdió la cordura y decidió que la única forma de mantenerme a salvo era manteniéndome encerrada.
(Perspectiva de Luis Montenegro)


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