Abandoné la oficina sin decir una palabra. El peso de la humillación y una ansiedad punzante todavía oprimían mi pecho, pero al salir a la calle, el aire fresco de la ciudad actuó como un bálsamo, despejando mi mente nublada.
Por suerte, un taxi apareció en la distancia. Agité la mano con urgencia y, al subir, solté un suspiro de alivio.
—¿A dónde la llevo, señorita? —preguntó el conductor con amabilidad.
Tenía la mirada perdida en el asfalto, deseando dejar atrás aquel episodio lo antes posible. Le dicté la dirección de mi mejor amiga y el coche se puso en marcha. A medida que avanzábamos, el solo pensamiento de ver a Layla me devolvía el aliento. Tras cuarenta y cinco minutos que parecieron eternos, el taxista anunció:
—Aquí es, señorita.
—Gracias —respondí, bajando del vehículo con el corazón galopando contra mis costillas.
Los nervios me traicionaban; me temblaban las manos y la emoción amenazaba con desbordarse en forma de lágrimas. Subí hasta el piso 20 y, frente a su puerta, dudé un segundo antes de dar unos toques suaves.
(Perspectiva de Layla Brown)
Escuché unos golpes en la puerta. Se me hizo extraño, ya que no esperaba visitas. Al abrir, me quedé pasmada, con las palabras atoradas en la garganta. No podía ser. Era imposible.
—¿Ale? —susurré, sintiendo que la vista se me nublaba—. ¿De verdad eres tú?
—Soy yo, Layla. Estoy aquí —contestó ella con la voz quebrada.
Sin pensarlo, tiré de ella hacia adentro y nos fundimos en un abrazo desesperado, de esos que intentan recuperar años de ausencia.
—¡No lo puedo creer, te extrañé tanto! —exclamé entre sollozos—. ¿Cómo es que estás aquí? Tu padre… ¿él te dejó salir? Perdimos el contacto, no supe nada más de ti… Pensé que te había perdido.
Alessandra siempre fue mi roca, la única que me escuchaba durante horas y me daba consuelo. Éramos inseparables, y verla allí, frente a mí, parecía un milagro.
Perspectiva de Alessandra (Ana)


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