La noche con Layla fue el refugio que tanto necesitaba. Entre risas, películas y charlas que se extendieron hasta la madrugada, logré olvidar por unas horas la presión de mi doble vida. Me quedé a dormir en su sofá, sintiéndome, por primera vez en años, simplemente una chica común.
Sin embargo, el amanecer llegó demasiado pronto. Me despedí de Layla con un abrazo rápido y corrí hacia mi casa; no podía permitirme llegar tarde al trabajo, y mucho menos enfrentar las consecuencias de mi ausencia sin estar preparada. Al cruzar el umbral de la mansión Montenegro, subí las escaleras a toda prisa. Me duché en tiempo récord y, tras cuarenta minutos de una lucha interna frente al espejo para ocultar las ojeras, bajé al comedor.
—Buenos días, papá. Mamá… —saludé, intentando que mi voz sonara firme.
Mi padre ni siquiera levantó la vista del periódico, pero la rigidez de sus hombros lo decía todo. Estaba furioso.
—¿Dónde estabas? —su tono de reproche cortó el aire—. Me tenías preocupado, Alessandra. No llegaste a casa anoche y ni siquiera te dignaste a llamar.
—Papá, lo siento. Me quedé con Layla, se hizo tarde y… —intenté explicar, pero él me cortó con un gesto seco de la mano.
—Sabes perfectamente que no tolero que no avises. Podrías haber estado en peligro. El mundo exterior no es el jardín de esta casa —sentenció con esa obsesión sobreprotectora que me asfixiaba.
—Lo siento, no volverá a pasar —murmuré para evitar una confrontación mayor. Me despedí con un beso mecánico y salí disparada hacia la empresa, sintiendo que el aire solo volvía a mis pulmones cuando estuve lejos de su vista.
Llegué a la oficina más temprano de lo habitual. Me senté frente a mi escritorio y me sumergí en los documentos como si nada hubiera pasado, pero la tensión en el ambiente era pegajosa, casi sólida. Sentía las miradas críticas de mis compañeros clavándose en mi espalda como alfileres. Los cuchicheos no tardaron en empezar; voces bajas, cargadas de veneno y suposiciones malintencionadas.
“No escuches, Ana. No importa lo que digan”, me repetí como un mantra, apretando los dientes.
A las nueve en punto, el sonido metálico del ascensor anunció su llegada. Rodrigo Álvarez emergió con su presencia imponente, llenando el vestíbulo de un silencio incómodo. Su mirada recorrió el lugar con la eficiencia de un depredador hasta que chocó con la mía. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral; era una mezcla de miedo y esa electricidad que solo él lograba provocarme.
Él simplemente me señaló con el dedo índice. Su voz, baja y autoritaria, resonó en el silencio:
—Ana, a mi oficina. Ahora.
El corazón me dio un vuelco. Me levanté mecánicamente, sintiendo la anticipación quemándome por dentro. Respiré hondo tres veces, preparándome para lo peor. Seguro me va a despedir después del espectáculo de ayer, pensé.
Mientras caminaba hacia la oficina principal, una de mis compañeras se cruzó en mi camino y, con un codazo disimulado, me susurró al oído:


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