—Pero ese director Ferrer ahora está a cargo del negocio de Maralinda —Raimundo no terminaba de convencerse—. Y los que se movieron esta vez son los de Puerto San Sebastián. Además, aunque tenga un puesto alto, no deja de ser un simple subordinado del presidente Galindo. Ni siquiera es de los Galindo de sangre. ¿De verdad la familia Galindo movería cielo y tierra solo por él y se arriesgaría a meterse contra el Grupo Ávalos tan descaradamente?
Hizo una pausa y agregó con voz más baja:
—Y además, Vane… ella no me haría esto a mí.
A Rosa casi le dio risa de la impresión, pero en ese mismo instante una posibilidad aterradora cruzó su mente como un rayo.
¿Y si Vanesa, en realidad, era pariente de la familia Galindo?
¡Un momento! Se decía que la familia Galindo tenía una hija misteriosa, una joven que jamás había aparecido en público… ¿Podría ser…?
No, no tenía sentido.
Rosa enseguida descartó la idea.
Si Vanesa fuera la hija de los Galindo, ¿no tendría acaso el ego por las nubes? Sin embargo, ella nunca se daba aires de nada. Al contrario, siempre estaba al pie del cañón, trabajando para el Grupo Ávalos sin quejarse.
—Dejemos eso por ahora, Rosi, mejor comunícate rápido con María Jesús —la apuró Raimundo—. No sé por qué la familia Galindo decidió de repente quedarse con ese terreno que era del Grupo Ávalos, pero si tienes buena relación con ellos, explícales lo nuestro. Tal vez si saben que estamos juntos, lo reconsideren por ti.
Un trueno retumbó afuera y, acto seguido, la lluvia comenzó a golpear la ventana con fuerza. Rosa palideció por completo.
—Yo…
Sacó el celular con manos temblorosas. Esta vez, no encontraba ninguna excusa para salir del lío. Acorralada, prefirió hacerse la desmayada y, con un giro dramático de ojos, se desplomó en el sillón.
—¡Rosi! ¿Estás bien? ¡Rosi!
...
Esa noche, Mario llamó a Vanesa a su estudio.
Apretó los dientes, luchando por mantener la calma.
—No pasa nada, papá. Todo eso también fue aprendizaje para mí.
—¿Aprendizaje? —Mario frunció el ceño con desagrado.
Conocía demasiado bien a su hija. Desde los quince ya había demostrado un talento natural para los negocios. Siempre pensó que, tras terminar la universidad, ella regresaría para ayudarlo a manejar la empresa. Pero ese hombre… ¿Acaso alguna vez la valoró?
Mario cerró los puños con fuerza.
Pelear por un terreno era apenas el principio.
Raimundo, ¿estás listo para lo que viene?
—Por cierto, papá, hay algo que quiero preguntarle…

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