Mario salió de sus pensamientos y le regaló a Vanesa una sonrisa llena de ternura.
—Dime, ¿qué quieres saber?
—¿Sabe usted para qué salió del país Jaime esta vez? ¿No cree que corra algún peligro…?
Aunque Jaime le había prometido que volvería sano y salvo, la inquietud le revolvía el pecho a Vanesa. Esa sensación no se iba, sobre todo desde aquella última llamada telefónica. Desde entonces, Jaime no se había vuelto a comunicar con ella ni una sola vez.
Mario negó con la cabeza.
—No estoy seguro de los detalles, la verdad.
Al verla tan preocupada, Mario se rio bajito, con un dejo de picardía.
—Veo que te importa mucho tu prometido, Vane.
Vanesa sintió que le ardían las orejas y se apresuró a explicarse.
—Papá… Jaime me ha ayudado mucho aquí en Maralinda. No importa lo que pase, no quiero que le ocurra nada malo.
Había salido de una relación desastrosa hacía poco, así que no podía decir que ya estuviera lista para lanzarse de nuevo al amor. Pero eso no significaba que no le preocupara el bienestar de Jaime.
—Sí, es un buen muchacho. Si no fuera así, no lo habría elegido como tu futuro esposo. No te preocupes, estoy seguro de que estará bien.
Dicho esto, Mario no agregó nada más. Sabía que su hija ya era una adulta y que un par de bromas bastaban.
...
Ya en su habitación, Vanesa recibió un correo electrónico.
[Rosa en el extranjero: todo ha sido aclarado.]
Rosa forzó una sonrisa, apenas un gesto en los labios.
—Sí… sí, lo escuché.
—¿Y entonces? —Raimundo notó enseguida algo raro—. ¿No estás contenta?
—No es eso —se apresuró Rosa—. Es que me tomó por sorpresa. Después de lo mal que me fue con mi ex, pensé que nunca podría quedar embarazada. El doctor me había dicho que sería difícil, por los daños que sufrí con él… pero mira, sí pude.
—Será cosa de Dios —comentó Raimundo, y le dio un beso en la mano—. Es como si el cielo quisiera que tengamos un hijo juntos.
Los ojos de Rosa se llenaron de un brillo extraño.
¡Eso era! Una señal, una oportunidad que le había regalado la vida. Aunque ni ella misma sabía quién era el verdadero padre del bebé, ¿qué importaba? En ese momento, Raimundo no dudaba ni un segundo de ella. Ese niño podía convertirse en su mejor carta bajo la manga.

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