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La Danza del Despertar romance Capítulo 74

Un carro blanco esperaba justo en la entrada del aeropuerto.

Vanesa lo reconoció de inmediato: era el carro de la familia Galindo.

El chofer, que llevaba puestos unos guantes blancos impecables, se encontraba de pie junto a la puerta. Al verla, la saludó con respeto:

—Señorita.

Luego tomó la maleta que traía Vanesa y, con la misma cortesía, le abrió la puerta del carro.

Vanesa se inclinó para subir, pero al ver quién estaba dentro, se quedó helada.

—Papá…

En el asiento trasero iba sentado un hombre de mediana edad, revisando unos papeles con gesto serio. Aunque no decía nada, imponía respeto con solo estar ahí.

Vanesa, que normalmente se atrevía a discutir con él por teléfono o videollamada, en ese instante se convirtió en una pollita asustada. Subió al carro casi en puntitas y, sin hacer ruido, echó un vistazo furtivo a su papá.

Mario Galindo seguía concentrado en los documentos, como si no quisiera prestarle atención.

Tampoco le había avisado que iría personalmente a recogerla al aeropuerto, así que Vanesa no estaba preparada para este encuentro.

Había pensado que lo vería más tarde, ya de regreso en casa.

Pero tenerlo ahora tan cerca, de repente, la llenó de nerviosismo y remordimiento.

Después de todo, durante los últimos años, por culpa de un patán, ella y su papá no habían hecho más que pelear.

El chofer acomodó el equipaje y se sentó al volante. Sin decir una palabra, arrancó el carro rumbo a la casa de la familia Galindo.

El silencio en el interior se volvió extraño, casi incómodo.

De vez en cuando, Vanesa miraba a su papá de reojo.

Al principio parecía que el tiempo no había pasado por él, pero si uno observaba bien, notaba que el cabello blanco en su coronilla era más abundante.

Quizá no lo decía en voz alta, pero ella sabía que su papá había pasado muchas noches preocupado por ella.

De repente, una punzada de arrepentimiento le humedeció los ojos.

Sabía que ya era tarde para arrepentirse de todo lo que había hecho, pero al menos, a partir de ahora, podía estar a su lado y al de su abuelita para compensar estos años.

Pasó un rato hasta que Mario cerró la carpeta de documentos. Por fin habló:

—¿El viaje estuvo bien?

—Me alegra escuchar eso.

...

El carro llegó a la entrada de la casa Galindo. El portón de hierro, adornado con flores de metal, se abrió despacio.

Vanesa apenas había bajado del carro cuando escuchó una voz conocida:

—¡Mi niña preciosa! ¡Vane!

La abuelita, de cabellos completamente blancos, se acercó casi corriendo, con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Abuelita! —Vanesa se lanzó a sus brazos, reconociendo al instante el aroma cálido y tranquilizador que siempre la hacía sentir en casa.

Aunque en estos años habían hecho videollamadas, nada se comparaba con ver a su abuelita allí, en persona, tan cerca.

—Vane, mi Vane… —Luisa Aguirre abrazó a su nieta con fuerza, entre alegría y preocupación.

Por fin su nieta estaba de regreso, pensó, aunque en el fondo…

Desvió la mirada con discreción hacia la pierna derecha de Vanesa.

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