—¿No te dije que no me llamaras si no te lo permitía? ¿Por qué sigues marcándome?
Rosa soltó la pregunta cargada de furia, mientras del otro lado de la línea la voz del hombre titubeó, insegura:
—Sí, sí, lo sé, pero te mandé mensajes y no me respondiste… Llevas días sin hablarme, Rosi, te extraño muchísimo.
—No me importa lo que sientas. ¡Déjame en paz!
—Rosi, ¿de verdad no puedes regresar conmigo? —el hombre sonaba derrotado, la tristeza le pesaba en cada palabra—. Sé que ahora no le llego ni a los talones a Raimundo, pero te juro que me voy a esforzar. Mi empresa va a crecer, va a superar a Grupo Ávalos…
—¿Ya acabaste con tus fantasías? —la voz de Rosa destilaba desprecio—. ¿Cuánto crees que tardarías en poner tu empresita al nivel de Grupo Ávalos?
Luego, con un tono más cortante, le advirtió:
—¡Y no te atrevas a buscar a Raimundo! Te lo advierto, si llegas a contarle la verdad, olvídate de volver a saber de mí.
—Rosi, tranquila, jamás haría algo que te lastimara —el hombre respondió con amargura—. Solo quiero verte feliz.
Rosa bufó con desdén, pero de repente, una idea cruzó por su mente.
—¿Dices que quieres verme feliz?
—¡Claro! —respondió el hombre, sin dudarlo—. Si hay algo que te haga feliz, lo hago sin pensarlo.
—Perfecto. Justo ahora hay algo que necesito que hagas por mí.
—Dime, Rosi.
En los ojos de Rosa brilló una luz venenosa.
—¿Recuerdas a Vanesa?
—Por supuesto —contestó el hombre—. ¿No es la que tuvo el accidente de carro hace dos años? La novia de Raimundo.
—¡No necesito que me cuentes la historia! —lo interrumpió Rosa, alzando la voz. Tomó aire y continuó—: Quiero que la encuentres… y te encargues de ella.
—¿Qué? ¿Te hicieron algo?
Rosa jugaba con las borlas de su bata de seda, su voz parecía frágil, aunque en su mirada no había ni una pizca de dulzura.
—Sí. Desde que llegué, Vanesa no ha hecho más que fastidiarme. En la empresa, se la pasa poniéndome en contra de los demás, robándose el crédito de mi trabajo. Y lo peor… ¿sabes qué? Hace poco, por una trampa suya, terminé en la comisaría. ¿Sabes cuántas veces me golpearon ahí dentro?
—¡¿Cómo se atrevió a hacerte eso?! —el hombre rugió, y al fondo se escuchó un estrépito de objetos cayendo.
Rosa sonrió de lado, como si hubiese sabido exactamente cómo reaccionaría él.
—Así es. Y para colmo, Raimundo ahora solo se preocupa por ella. Hace rato, hasta me empujó por defenderla. Mira, mi rodilla sigue toda roja.
—Rosi, yo… No tenía idea de que estabas pasando por tanto…
—Entonces, ¿no piensas ayudarme con Vanesa? No pasa nada, supongo que seguiré aguantando este dolor yo sola.
—¡No! Rosi, ya entendí. Yo me encargo de Vanesa, te lo prometo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Danza del Despertar