C11: DOS MALDITOS AÑOS.
—¿Osita Winnie? —bufó Zayd, con la voz más fría que el mármol del suelo—. Tienes mucho que explicar, Mariam.
Ella no respondió.
Y por dentro, algo se apretó con tanta fuerza que le costó respirar. Porque si Zayd supiera quién era Barón Alistair en realidad, si conectara ese nombre con el hombre que estaba con ella en el club la noche que rompió el compromiso, el palacio entero se quedaría sin oxígeno.
Pero eso no era lo peor.
Lo peor era que Barón era su única salida. Dos años de amistad real, de los pocos que tenía, y él tenía contactos en Washington que podían mover hilos que ningún abogado saudí tocaría. Convirtiéndola en la única persona en el mundo con la arquitectura política suficiente para trazar un plan y sacarla de ese palacio antes de que esta farsa de matrimonio la enterrara viva.
Y acababa de ser descubierto en el primer maldito día.
«¿Por qué te antojaste de escribir ahora, Barón?» Le gritó mentalmente, con toda la rabia que no podía sacar por la boca.
Luego parpadeó y sacudió la cabeza.
Se soltó del agarre de Zayd con un movimiento limpio, se alejó dos pasos y lo miró con los ojos más fríos que había logrado fabricar en dos años.
—Es alguien que sabe tratar a una dama —dijo, con puro veneno destilado—. Algo que tú nunca aprendiste.
La mandíbula de Zayd se tensó.
—Y ha estado contigo estos años, supongo.
—¡Pero por supuesto! —Mariam sostuvo su mirada sin parpadear—. Y no se necesitó ningún contrato firmado para que lo hiciera.
Cada palabra aterrizó donde apuntaba: al ego del jeque. Y como el animal herido que era, Zayd dio un paso hacia ella, pero Mariam no retrocedió.
—Así que mientras yo…
—Mientras tú nada. —Lo cortó—. Tú no eras nada mío, Zayd. Rompí ese compromiso, ¿recuerdas? Así que lo que hice o dejé de hacer después no es asunto tuyo, no lo fue entonces y no lo es ahora.
El músculo de su mandíbula pulsó dos veces.
Mariam lo vio y algo oscuro y viejo despertó en su pecho. Ese algo que llevaba dos años durmiendo bajo capas de orgullo y distancia, y que ahora quería cobrar cada desplante, cada silencio, cada vez que él la miró como si fuera nada y en cambio daba toda su atención a Jade.
Dejó que su parte malvada y vengativa tomara el control.
—¿Sabes qué fue lo mejor de irme? —comentó, ladeando la cabeza—. Que descubrí que el mundo es enorme, Zayd. Y que hay hombres que sí saben cómo hacer sentir a una mujer que existe. Y también me di cuenta, que perdí años pensando que tú ibas a ser el marido perfecto. —Sonrió, y fue la sonrisa más cruel que había cruzado esa habitación—. Qué pérdida de tiempo tan monumental. Me odio por eso.
Zayd cruzó la distancia en dos zancadas.
La tomó por los brazos con una brusquedad que no dejaba espacio para negociación y la arrojó sobre la cama con pura dominancia, sin violencia pero sin suavidad tampoco, el colchón absorbió el impacto y antes de que ella pudiera moverse, él estaba encima, bloqueándola con su peso, con las manos a cada lado de su cabeza.
Sus pupilas estaban dilatadas, respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando como un toro embravecido.
—Inti milki (eres mía). —siseó, y sus ojos bajaron un segundo a su boca y volvieron—. Y ese hombre, quienquiera que sea, va a aprender lo que significa tocar lo que es mío.
Mariam no se movió.
Su corazón golpeaba más fuerte que nunca contra sus costillas como si quisiera salir. Porque aunque lo odiara, tenía que admitir que el calor de él era concreto, real y el olor a sándalo mezclado con masculinidad, le llenaba los pulmones sin pedirle permiso.
Entonces Zayd bajó la cabeza. Despacio, sin intención de apartar los ojos de ella.
Y aspiró.
Su nariz rozó apenas la curva de su cuello, el punto donde el perfume de rosa y ámbar del baño todavía vivía en su piel.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!