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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 105

—¡Alguien, saquen a esos tres de aquí!—ordenó Begoña con voz cortante. Apenas terminó de hablar, la tensión podía cortarse con un cuchillo.

En ese momento, el gerente del conjunto residencial llegó apresurado.

—Sr. Mariano, Sra. Guzmán, esta casa está a nombre del señor Iván. No podemos echarlos —informó, nervioso, intentando no cruzar la mirada con ninguno de los presentes.

Mariano, buscando suavizar la situación, se dirigió a su esposa con palabras medidas.

—Mi amor, Iván quiere que Rosario y su hija regresen a la familia Barrera, que sean reconocidas oficialmente. Hemos sido amigos y compadres durante años, hay que darle ese respeto. Olvidemos lo que pasó antes, ¿sí?

Begoña resopló, la amargura dibujada en su cara.

—¿Y el acta de nacimiento? —preguntó, sin ceder un centímetro.

En respuesta, Mariano levantó una mano y uno de los guardaespaldas sacó del saco una hoja verde claro.

—Ya está todo arreglado. La familia Barrera va a tramitar el acta de nacimiento de Renata en cuanto antes —aseguró Mariano.

Rosario tragó saliva. Todo lo tenían fríamente planeado para engañarla. Hasta el más mínimo detalle estaba controlado.

Sin decir más, Begoña, sosteniendo la Estrella del Océano, caminó hacia la puerta de la casa. De repente, se detuvo. Una chispa de malicia iluminó sus ojos y regresó la mirada hacia Rosario.

—Ya que son tan buenos amigos, y ahora tendrán a su familia reunida, ¿no creen que deberíamos darles un gran regalo?

Mariano asintió, el rostro inexpresivo.

—Tienes razón, mi amor. Es justo darles un buen detalle. ¿Qué tienes en mente?

—Entre más grande, mejor. Así demostramos tu generosidad y buena fe.

Iván ya había cargado con una culpa enorme, era lógico que la recompensa fuera igual de grande.

—Regalémosles una boda de esas que se quedan para la historia —aventó Begoña, su mirada dura como el hierro—. Al fin y al cabo, Rosario es mi hermana, aunque sea de otro padre. Si la gente se entera que tuvo una hija antes de casarse y que la están obligando a casarse con un rico, van a hablar de ella... y también de mí.

—El ajuar y el regalo de bodas también van por nuestra cuenta.

A cada palabra de Begoña, Rosario sentía un escalofrío que le recorría la espalda. No solo querían forzarla a ese matrimonio, sino asegurarse de que todo el mundo lo supiera. Querían enterrarla viva en esa humillación, borrando cualquier posibilidad de ser la esposa de un presidente como el de Grupo Guzmán.

¡Maldita sea!

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