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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 108

Álvaro fue sorprendido por un puñetazo, pero sin darle importancia al dolor que sentía en la cara, reaccionó de inmediato y lanzó su propio golpe directo al rostro de Mariano.

Álvaro dominaba técnicas de combate militar, mientras que Mariano era experto en taekwondo.

Ambos, verdaderos expertos.

Ninguno pensaba ceder. Se enfrascaron en una pelea feroz.

—¡Ya basta! —gritaron varios.

Los investigadores y los guardaespaldas presentes corrieron a separarlos, logrando por fin contener el caos que se había desatado.

—Profesor Álvaro, ¿está bien? —preguntó Begoña al ver que la comisura de su boca sangraba, y de inmediato le ofreció unas servilletas.

Álvaro apenas iba a recibirlas cuando Mariano se adelantó y se las arrebató.

—Bego, yo también estoy sangrando —le soltó Mariano, y sin pensarlo, jaló a Begoña junto con las servilletas, abrazándola con fuerza.

—¡Bien merecido! —intentó zafarse Begoña, pero no pudo liberarse de su mano—. ¡Por andar golpeando a la gente sin motivo!

—Ve y pídele disculpas al profesor Álvaro ahora mismo.

—¿Yo pedir disculpas? —Mariano estuvo a punto de sacar la foto como prueba y estamparla en la cara de Álvaro. ¿Cómo podía este tipo, que obviamente conocía a Bego, fingir que era un extraño para acercarse a ella? Eso solo podía tener malas intenciones.

—¿Y entonces quién más debería disculparse? —reviró Begoña, muy molesta, frunciendo el ceño—. Fuiste tú quien lo golpeó primero, sin razón alguna.

Mariano no soportaba ver a Begoña así de enojada, así que cedió.

—Está bien, yo me disculpo.

Se giró hacia Álvaro, forzando la voz a sonar neutral.

—Disculpe, profesor Álvaro.

Se detuvo un momento, y su mirada se tornó aguda, casi amenazante.

—Me equivoqué. Pensé que pretendía aprovecharse de mi esposa —añadió, mirando a Álvaro de arriba abajo.

Los científicos presentes comenzaron a murmurar entre ellos, intercambiando miradas curiosas.

Al escuchar aquello, Álvaro apretó la mandíbula y cerró el puño con fuerza a un costado de su cuerpo.

—Señor Mariano, no debería pensar eso de mí, ni dudar de su esposa —respondió, cada palabra cargada de dignidad—. Nuestra relación es estrictamente profesional, por el bien de la investigación.

El rostro de Begoña pasó de la irritación al desconcierto y luego a la frustración. Para ella, el que anda mirando con malos ojos es porque en el fondo tiene la conciencia sucia.

—Disculpe, profesor Álvaro. Mi esposo se equivocó y se dejó llevar por sus ideas. Mejor me retiro por hoy.

—De acuerdo —aceptó Álvaro, resignado, sin querer ponerla en una situación incómoda.

Pero Mariano se acercó aún más, y con voz apenas audible y cortante, le susurró:

—Sé que conoció a mi esposa antes. Sé que fingió ser un extraño para acercarse a ella. No me importa cuánto se esfuerce, tarde o temprano voy a descubrir sus verdaderas intenciones.

Se detuvo y remató, con una sonrisa desdeñosa:

—Aunque se esfuerce en complacerla, ella jamás va a fijarse en usted.

Álvaro ni se inmutó. También bajó la voz y, mirando directamente a Begoña, contestó:

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