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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 107

—Yo no pensaba desenmascarar tu jueguito, pero lo que no debiste hacer fue lastimar a Bego—. La voz de Mariano sonaba tan indiferente y cortante, sin un solo matiz de emoción.

—Siempre supiste lo que sentía por ti. Me viste hacer el ridículo, como si fuera un payaso—. Margarita sentía que en ese momento, Mariano le rompía el corazón en mil pedazos. —Mariano, tú no tienes corazón.

—No molestes a Bego, está dormida. Mejor lárgate.

A pesar de que Mariano la trataba con ese desdén, Margarita no pudo evitar insistir:

—Dime, si mi familia no hubiera terminado rechazando a la señora Catalina, ¿habríamos tenido algún futuro tú y yo?

—No. Desde que apareció Bego, no existe nadie más para mí—. La voz de Mariano era aún más tajante, como si le cerrara la puerta a cualquier esperanza. —Nunca me casaría contigo.

—¿Ni aunque mi familia hubiera salvado a Grupo Guzmán con todo su dinero en efectivo?

—¡No!—. La respuesta de Mariano fue rotunda. —Aunque Grupo Guzmán se hubiera ido a la quiebra, igual hubiera escogido a Bego, sin dudar.

—¡Pero la traicionaste!

Margarita lo miró con furia y escupió las palabras:

—Te maldigo, Mariano. Nunca vas a recibir su perdón. Vas a pasar el resto de tu vida lamentándolo.

La puerta se cerró de golpe, haciendo temblar toda la casa.

...

Begoña estaba apoyada del otro lado de la puerta. Escuchó cómo Mariano murmuraba para sí mismo.

—Ella nunca entenderá que, a mi lado, solo podría ser feliz.

Al oír eso, no pudo contener las lágrimas y se le escaparon de los ojos en silencio.

...

A la mañana siguiente, después de que Mariano se fuera a trabajar, Begoña salió rumbo al Instituto de la Universidad Real de Santa Fe.

—Sra. Guzmán, usted...

—Aurora, dime Begoña, o solo Bego. No tienes que decirme Sra. Guzmán—. Begoña sonrió con amabilidad.

Ella era una persona independiente, no la sombra de Mariano.

—Está bien, Begoña—. Aurora le respondió con una sonrisa cálida y enseguida comenzaron a platicar sobre las novedades en protección de software, virus cibernéticos y programas antivirus.

Poco a poco, la conversación entre Begoña y Aurora se volvió fluida y amena.

...

Mientras tanto, Mariano llegó al departamento de computación.

La presencia del director general causó nerviosismo en el gerente, que de inmediato llamó al mejor programador.

—Quiero saber en qué lugares ha estado estacionado mi carro. ¿Puedes conectarte desde un celular a la computadora del carro y hacerlo en dos minutos?—. Mariano, recordando la destreza de Begoña con la tecnología, hizo una pausa y corrigió: —¿O puedes hacerlo en un minuto?

—Eso se puede hacer sin problema, Sr. Mariano. Es una operación básica—, contestó el programador, seguro de sí mismo.

—¿Y mi esposa podría hacerlo también?—. El currículum de Begoña decía que había estudiado diseño web, algo así como la parte estética de la informática.

—¿Dónde está mi esposa?—. Miró de inmediato a su guardaespaldas, quien enseguida se comunicó con el resto del equipo que seguía los pasos de Begoña.

—Sr. Mariano, la señora está en el instituto de la Universidad Real de Santa Fe.

Ella le había prometido quedarse a descansar en el departamento, sin salir a ningún lado.

Begoña jamás rompía su palabra.

Mariano salió de la oficina y manejó directo hacia el instituto. A través de la ventana, vio a Begoña y Álvaro platicando con una cercanía y complicidad que le encendieron los celos.

Apretó el volante tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.

De repente, el celular sonó. Era uno de los guardaespaldas.

—Sr. Mariano, ya tenemos resultados de la investigación que pidió. Desde que el profesor Álvaro se volvió famoso, han salido muchos datos sobre él. El detective encontró una foto antigua.

Colgó y, en la ventana del chat, apareció una imagen vieja y algo desgastada.

Era Álvaro y Begoña, cuando ella tenía veinte años.

Ellos se conocían desde antes.

Su instinto no le había fallado. Entre ellos había algo que él aún no sabía.

Mariano bajó del carro, entró al instituto y, consumido por los celos, perdió el control. Tomó a Álvaro y lo tiró al suelo, lanzándole un puñetazo directo a la cara.

—¡Álvaro, te metiste con la persona equivocada!

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