El cuello de Rosario sintió una presión repentina. Su cara se puso roja al instante y una sensación escalofriante le recorrió la espalda. Había prometido no meterse con Begoña, pero ahora estaba hablando mal de ella otra vez.
Sin embargo, esta era una oportunidad única en la vida, y no pensaba dejarla pasar.
Rosario rodeó el cuello de Mariano con ambas manos, sus ojos llenos de picardía y su voz se volvió suave y seductora.
—En el instituto del profesor Álvaro hay puros genios. Esa noche, Santiago, el que estaba ahí, es el genio de las computadoras. No me extrañaría que él fuera el que alteró las cosas.
En ese momento, sonó el celular de Mariano. Era del departamento de tecnología de la empresa.
—Señor Mariano, disculpe la tardanza. Nos tomó tres días restaurar los videos del hotel. Alguien muy hábil alteró las grabaciones, casi no dejaron rastro. Tuve que pedirle ayuda a un hacker amigo para encontrar el error. Se lo envío de inmediato.
Al escuchar la voz por el celular, Rosario sintió que por fin veía la luz al final del túnel y se apresuró a reforzar su punto.
—Cuñado, pongo mi vida de por medio. Todo lo que digo es cierto.
Mariano abrió el video y lo reprodujo en la pantalla del celular.
A medida que veía cómo la gente salía corriendo del salón de descanso una tras otra, el semblante de Mariano se iba endureciendo cada vez más, mientras Rosario sonreía con malicia, saboreando su aparente victoria.
Sintió cómo la presión en su cuello desaparecía, y sin perder la oportunidad, pegó sus labios rojos a los de él y susurró con voz suave:
—Cuñado, ¿qué crees que hacían mi hermana y el profesor Álvaro en ese cuartito tan apretado? Hasta perdió el brazalete que tú le regalaste…
Los ojos de Mariano destilaban coraje. De un empujón la apartó de su lado y salió del estudio.
Rosario cayó al suelo, se sujetó el cuello y tosió con dificultad, pero al ver a Mariano irse con esa furia en los pasos, una satisfacción enorme le llenó el pecho.
Por más que Mariano consentía a Begoña, tampoco iba a tolerar que ella anduviera coqueteando con otro.
Esta vez, estaba segura de que ella ganaría.
...
Mariano se quedó de pie en el pasillo. Desde ahí podía ver la cocina al otro lado del edificio, donde Begoña atendía con cariño a Joaquín y Agustín.
Agustín armaba escándalo, reclamando que el pedazo de pastel de Joaquín era más grande que el suyo, y Begoña, resignada, trataba de repartirlo de nuevo.

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