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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 129

De pronto, la puerta del quirófano se abrió de golpe.

El doctor salió y anunció con voz firme:

—Sr. Mariano, su esposa llegó a tiempo. La operación fue un éxito.

Al escuchar la noticia, el corazón de Mariano se apretó aún más, como si el alivio trajera consigo una punzada de dolor imposible de ignorar.

El médico continuó con su explicación, sin rodeos:

—Sin embargo, el corazón de su esposa está muy delicado. No podría soportar otra operación. Si vuelve a recaer, será necesario un trasplante.

—Tiene que estar preparado para lo peor.

Mariano bajó la mirada, sus ojos oscuros reflejaban una tormenta de emociones.

—No le diga nada a mi esposa sobre su estado —pidió con voz baja.

El doctor asintió con comprensión.

En ese momento, vio cómo las enfermeras empujaban la camilla con Begoña. Mariano se apresuró a tomarle la mano, y con un susurro cargado de ternura, le habló:

—Amor...

Temía despertarla, pero su mirada estaba llena de una felicidad temblorosa, la alegría de haberla recuperado.

...

Tres días después, Begoña salió del hospital.

Se mudaron de vuelta a la casa antigua, esa misma mansión que ella había ordenado demoler. Ahora todo tenía una nueva distribución y diseño, como si el tiempo hubiera transformado todo… y al mismo tiempo, nada hubiera cambiado.

Las fotos de su boda colgaban en el centro de la sala. En cada rincón, se veían retratos de la familia: los tres juntos, sonriendo.

—Amor, nuestros amigos quieren celebrar que ya estás bien y también quieren venir a bendecir la casa nueva. ¿Te parece si los invitamos esta noche? —preguntó Mariano.

—Me parece bien.

Desde que Begoña despertó en el hospital, Mariano no se despegó de su lado.

Renunció a ir a la oficina y trabajaba desde casa, siempre pendiente de ella.

Tampoco permitió que Agustín fuera al jardín de niños; quería tenerlo cerca todo el día, que los tres estuvieran juntos.

La rutina diaria, entre ellos y los pocos empleados que deambulaban por la casa, comenzaba a ponerla de mal humor.

Si ella no podía salir, entonces dejaría que los demás vinieran a verla.

—La última vez, malinterpretaste al profesor Álvaro. Aprovecha y pídele disculpas —sugirió con serenidad.

Necesitaba terminar la estructura de protección cuanto antes; ya no podía darse el lujo de perder tiempo.

Mariano, con una mirada sombría, preguntó:

—¿Llamamos también a su hijo Joaquín?

Begoña respondió con un simple “Sí”. Cuantos más, mejor.

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