¡Estaba furioso!
—¿El profesor Álvaro sigue abajo? Tal vez él lo encontró, no sería raro —dijo Rosario, con voz a medias entre la duda y la seguridad. Aunque habían hackeado las cámaras del hotel, solo podía verse cómo salían del área de descanso. No se veía nada de cuando salieron de la pequeña cocina.
Las palabras de Rosario resultaban, por lo menos, creíbles.
Los dedos de Mariano, largos y marcados, recorrían el contorno de su muslo, deteniéndose en el borde de la abertura de su elegante vestido. El contraste entre la piel clara y las venas azuladas de su muñeca se hacía más evidente con cada caricia. La respiración de Mariano se volvió entrecortada, ardiente, como si en su pecho se acumulara una fogata imposible de apagar.
—¿Por qué habría de encontrar él tu pulsera? —preguntó con voz rasposa.
Begoña se percató de la intensidad de su mirada, de ese deseo que le quemaba los ojos. Puso la mano sobre la de Mariano, deteniéndolo con un gesto firme, y murmuró, frunciendo un poco el entrecejo, fastidiada:
—¿No eras tú el que quería que fuera y aclarara las cosas con él? No seas tan quisquilloso.
Mariano no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa burlona. Pasó el brazo por su cintura y, sin previo aviso, la levantó en vilo.
—Amor, ¿desde cuándo haces tanto caso?
El susto hizo que Begoña se aferrara a su cuello, pero por dentro se sintió aliviada. Parecía que Mariano le había creído.
Aun así, ella se mantuvo firme y replicó:
—¿Y qué? ¿Te molesta que haga lo que dices?
—Ya me di cuenta de mi error. No volveré a ponerme celoso por tonterías —soltó Mariano, llevándola con cuidado hasta la cama—. Haré que no haya tanto ruido abajo, así puedes descansar tranquila.
—Y también voy a disculparme con el profesor Álvaro.
—Bien —respondió Begoña, dándole la espalda y cerrando los ojos, fingiendo que se dormía.
Mariano la arropó con suavidad y se sentó a su lado, quedándose ahí un largo rato. No fue hasta que un amigo envió a un empleado a buscarlo, que Mariano salió de puntillas de la habitación.
...
Begoña se incorporó con lentitud, recordando de pronto que, en medio del alboroto, su pequeña laptop seguía en la cocina. Rápido, llamó a Aurora y pensó en contactar a Álvaro para asegurarse de que tuvieran la misma versión de los hechos y no cometer un error.
Pensar en Álvaro la llevó de regreso a aquel día en el refugio, a la confesión que él le hizo. La escena se agolpó en su mente: sus pies tocados por ambos hombres. Sin poder evitarlo, estiró los dedos de los pies, rígidos, como si aún sintiera el contacto.
Soltó un suspiro tembloroso, incapaz de determinar si era el recuerdo de Mariano o de Álvaro lo que la estremecía, o si solo era una reacción de su propio cuerpo.
Pero tenía que ser clara con Álvaro. No quería volver a enamorarse. Tampoco pensaba pasar su vida al lado de alguien más.
De pronto, su celular sonó. Apareció un chat de Margarita.
[Mira, Bego, ya investigué.]

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