Begoña miró cómo Mariano y Rosario, ajenos al mundo, se abrazaban y se perdían en el interior de la casa. Cuando la puerta se cerró de golpe, fue como si un muro invisible los hubiera separado en dos universos distintos.
Con el corazón hecho pedazos, Begoña golpeó la puerta de la casa con fuerza. Sentía que la vida se le escapaba poco a poco, como si el dolor le arrancara el alma. Apenas podía mantenerse de pie y su voz sonaba débil, casi como un susurro ahogado.
—Mariano, sal y dime la verdad.
Cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a caer, una tras otra, mojando sus mejillas. Recordó todas las veces que él la había protegido, cuando la rescató de la desesperación y la ayudó a salir adelante. ¿Todo eso había sido una mentira? ¿Nunca la amó? ¿Todo fue parte de algún plan desde el principio?
De pronto, la puerta se abrió de golpe y se topó de frente con los ojos desdeñosos de Maribel.
—¿Qué tanta gritadera traes a estas horas? —Maribel no disimuló su fastidio.
Begoña ni siquiera quiso mirarla.
—Quítate.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué tendría que hacerlo? Esta casa es mía, está a nombre de mi hija. ¿Con qué derecho quieres entrar? —Maribel bloqueaba el paso, decidida a no dejarla pasar.
Al ver lo pálida que estaba Begoña, con la mano apretada contra el pecho y el cuerpo tambaleándose, una chispa oscura brilló en los ojos de Maribel.
Recordaba bien lo que pasó años atrás: Noemí había intentado arruinar a toda su familia, y todo comenzó cuando Begoña, al descubrir a Patricio con ella, sufrió un ataque al corazón y estuvo al borde de la muerte.
Y ahora, otra vez, el corazón de Begoña le estaba fallando. ¿Cuántas veces más podría soportar algo así? Si moría, Mariano y todo lo de la familia Guzmán terminaría siendo para su propia hija.
—Tan enfermiza que ni la pueden tocar. ¿Qué hombre aguanta eso? Rosario te ha hecho un favor, y en vez de agradecer aún vienes a buscar problemas. Igualita a tu mamá, inútil, ni siquiera puedes mantener a tu esposo, y en lugar de hacerte responsable, solo sabes culpar a los demás —Maribel se cruzó de brazos y se paró desafiante—. ¿Para qué quieres entrar? Ellos están disfrutando allá adentro, ¿no los oyes?
Los gemidos de Rosario mezclados con el jadeo de Mariano atravesaban las paredes y le taladraban los oídos a Begoña.
Las palabras de Maribel le apuñalaron el corazón. Sí, había estado enferma, y su salud empeoró después de tener a Agustín, pero eso no justificaba la traición de Mariano.
Conteniendo el llanto, Begoña levantó la mano y le dio una bofetada a Maribel.
—No tienes derecho a hablar de mi mamá.
Maribel, con la mejilla encendida, le gritó furiosa:
—¡Si no fuera porque tenía dinero, Patricio nunca la habría mirado! Si hablamos de amantes, tu madre fue la que me robó al esposo. Yo ya tenía un hijo con Patricio y aun así ella se metió entre nosotros.
—¡Mientes! Mi mamá nunca haría algo así...
En el fondo, Begoña sabía que la historia era otra. Patricio fue quien abandonó todo y engañó a su madre.
De repente, el corazón le dio un vuelco y sintió que la sangre se le congelaba. El dolor la sacudió y todo se volvió borroso. Su cuerpo se desplomó, pero antes de caer al suelo, sintió unos brazos cálidos que la sostenían.

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