Mariano recibió el celular destrozado que el jefe de seguridad le entregó. El aparato había sido aplastado por un carro y ahora solo quedaban pedazos. Al ver en la pantalla partida el contacto guardado como “Esposa adorada”, sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos.
—Señor, ya llevamos la tarjeta de memoria y el chip a los peritos. Ellos van a descargar la información y tratar de desbloquear todo —informó el jefe de seguridad.
Mariano, con Agustín dormido en sus brazos, regresó a la casa. Al entrar, vio el calendario sobre la mesa, la fecha marcada era la de hoy.
Recordó la expresión de Begoña el primer día que había tachado una fecha en ese calendario. ¿Había descubierto ese día que él le estaba siendo infiel?
Al pensar que Begoña había sufrido en silencio durante un mes entero, Mariano acarició el rostro de Agustín, que tenía un aire parecido al de su madre, y sintió una punzada tremenda en el pecho.
Dejó a Agustín al cuidado de Dolores y subió, piso por piso, hasta el tercero. Todo le parecía igual: las fotos de su boda, los retratos familiares, la imagen de los tres juntos, todo seguía en su sitio.
Pero al abrir el closet y revisar la caja fuerte, notó que no estaban ni la identificación ni el pasaporte de Begoña, tampoco el collar de rubí que tanto valoraba.
No se había llevado nada que tuviera que ver con ellos. Ni siquiera una fotografía.
De lo que tuvieron juntos, Begoña no quiso conservar absolutamente nada.
Ese pensamiento hizo que el alma de Mariano cayera a un abismo.
Sobre la cama, cuidadosamente doblados, estaban el vestido de gala y la pulsera de cadena que Begoña usaba en ocasiones especiales. Mariano tomó el vestido entre sus brazos, aspirando el aroma que aún conservaba, intentando abrazar, aunque fuera solo en su imaginación, a la mujer que amaba. Pero lo único que encontró fue un vacío cada vez más angustiante.
—Mi amor, ¿de verdad te enojaste tanto que te fuiste? ¿De verdad ya no vas a volver? —pensaba, perdido—. ¿Vas a dejarme solo? ¿Ni siquiera vas a querer estar con Agustín?
...
—Señor, los peritos pudieron desbloquear la tarjeta del celular —el jefe de seguridad tocó la puerta del cuarto principal, impaciente—. También lograron rastrear el número misterioso.
Mariano acomodó el vestido y la pulsera en la cama, como si en cualquier momento Begoña fuera a regresar para usarlos.
Bajó de prisa y tomó el celular nuevo que los peritos le entregaban. Marcó el número y, al mismo tiempo, los técnicos iniciaron el rastreo de la señal.
El teléfono sonó, el tono de llamada se extendía en la quietud de la noche, largo y desesperante.
Pero no importaba cuántas veces llamara, nadie contestaba del otro lado.
Colgó y abrió WhatsApp.
Lo primero que apareció fue un mensaje con el asunto: “Seguro de vida por una suma millonaria”.
En ese momento, la mirada oscura de Mariano se endureció como el acero, dejando salir un aire gélido que helaba la habitación.
—¿Cómo se atrevió Margarita a engañar a mi esposa? —murmuró, la voz cargada de veneno—. Seguro la confundió, por eso Begoña pensó mal de mí y se fue.
Sin dudar, le ordenó al jefe de seguridad:
—Habla con el departamento de inversiones. Quiero que derrumben las acciones de la familia Velasco. Que los dejen en la ruina.
El jefe de seguridad bajó la cabeza, apesadumbrado:
—Señor Mariano, el presidente del consejo ya lo destituyó hoy.
Mariano ya lo sabía.

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