Begoña seguía sin dejar rastro alguno.
Mariano, acorralado, pensó en la última carta bajo la manga: apostarlo todo, aunque implicara arriesgar su vida.
Un video con el “mensaje final” de Mariano empezó a circular como pólvora en todos lados.
En la grabación, se veía a Mariano acostado en una cama de terapia intensiva, envuelto en batas de hospital, con una mascarilla de oxígeno cubriéndole la boca y la nariz. Sus ojos, perdidos, se clavaban en el techo. Cada palabra era una batalla contra la falta de aire, cada frase le costaba un mundo.
—Acepto divorciarme de mi esposa. Pero mi salud ya no da para cuidar de mi hijo. Por favor, pido que la custodia de Agustín quede con ella…
—Espero que el juzgado logre contactar a mi esposa…
El funcionario que grababa la declaración le respondió:
—Haremos todo lo posible por localizar a la señora Begoña. Si no logramos encontrarla, cuando usted fallezca, el pequeño Agustín será enviado a un centro de asistencia social.
El dolor en los ojos de Mariano era como un puñal. Tomó la pluma con sus dedos largos y temblorosos, y firmó el acta de divorcio.
Luego, miró directo a la cámara.
—Esposa, lo que quieras, te lo doy… aunque sea el divorcio.
—Solo te amo a ti. Te amaré siempre.
A los que estaban presentes se les apretó el corazón. Algunos no aguantaron y dejaron que las lágrimas rodaran. Uno de los funcionarios, conmovido, hizo un llamado:
—Señora Begoña, si llega a ver este video, por favor comuníquese cuanto antes con el juzgado de Nueva Almería. Si alguien sabe dónde está la señora Begoña, ayúdenos a avisar. Solo así podremos terminar el proceso de divorcio y definir la custodia del niño.
Pero Begoña jamás apareció. Ni una pista.
Agustín terminó en el centro de asistencia social. Mariano desapareció del mapa.
Nadie supo si seguía vivo o ya había muerto.
Algunos decían que, tras perder a la mujer de su vida, Mariano se sumió en la culpa y la locura.
Otros aseguraban haberlo visto en una capilla, de rodillas, subiendo escalón tras escalón —novecientos noventa y nueve en total—, rezando para que su amada estuviera a salvo y en paz.
También corrió el rumor de que Mariano había irrumpido en edificios del gobierno y hasta un aeropuerto militar, y que por eso lo habían detenido.
Entre tantos chismes, la historia de amor de Mariano y Begoña fue quedando en el olvido colectivo.
...
Catalina encontró a Mariano en una isla tres meses después. Él llevaba días sin comer ni beber, apenas se tenía en pie. Su barba crecida, su aspecto descuidado… nada quedaba del orgulloso presidente del Grupo Guzmán.
—Fue culpa mía… No debí drogarte, no debí dejar que Rosario…
—Cuando Rosario tuvo a Verónica, debí cambiar a los bebés. Así, Begoña habría tenido a su hija, habría sido feliz y no habría pasado todos estos años sufriendo —Mariano se atormentaba, la culpa lo consumía—. Así, nunca me habría dejado.
—Rosario nunca debió existir. Me rogó que la dejara criar a la niña un tiempo más. Yo acepté… ¿por qué lo hice? —apretaba una foto de Begoña, de cuando era joven y sonriente, contra su pecho, mientras se dejaba caer frente a la tumba, los labios blancos murmurando—. No debí aceptar, debí cambiar a los niños, yo sabía que Renata no podía nacer… todo estaba planeado. Ver a Begoña tan ilusionada… pude haberla hecho aún más feliz.
—Pero Begoña se resbaló y terminó en el hospital, eso nadie lo esperaba…
—No, si no hubiera hecho caso a Rosario, si me hubiera quedado con Begoña en casa en vez de ir al hospital, ella no habría caído por las escaleras —el remordimiento y el dolor lo tenían hecho trizas. Sus ojos, rojos y llenos de rabia, temblaban. La foto en sus manos era lo único que le daba consuelo—. Amor, ¿dónde estás?
Una ráfaga de viento levantó polvo y arena, y el sol golpeó de frente, revelando en sus ojos las marcas de todas sus heridas.
No importaba cuán lejos tuviera que ir, pensó, él la encontraría.
De pronto, el celular del guardaespaldas vibró.
—Señor, es una llamada de los secuestradores.
Mariano se incorporó de golpe, le arrebató el celular y gritó con desesperación al auricular:
—¡Lo que quieran, se los doy! ¡Solo no le hagan daño! ¡Pidan lo que sea!

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