Del celular salió una voz robótica y metálica:
[Mañana al mediodía, a las 12 en punto. Villa Cóndor. Quinientos mil pesos en efectivo.]
—Quiero verla antes, necesito asegurarme de que sigue viva —Mariano soltó, alterado.
Pero la llamada se cortó de inmediato.
—Mariano, ¡no vayas tú mismo! —Catalina lo detuvo de un jalón.
—Si de verdad la hubieran secuestrado, ya nos habrían pedido el rescate desde antes. Esperaron demasiado para llamar, esto apesta a trampa —la preocupación hacía que la voz de Catalina temblara—. ¡Tenemos que avisar a la policía!
Mariano ni siquiera volteó a verla. Ordenó a sus guardaespaldas:
—Preparen el helicóptero y el dinero.
Aunque solo tuviera una mínima esperanza, no pensaba rendirse.
—Mariano, en todos estos años te has ganado enemigos de sobra. Esto podría ser una emboscada de alguno de esos que se la tienen jurada —Catalina insistió, casi suplicando.
Begoña también había sido secuestrada tiempo atrás y, aunque Mariano se desesperaba, siempre actuaba con cabeza fría y planeaba cada paso. Pero esta vez, su desesperación le ganó por completo.
Catalina no dejaba de preocuparse por su estado mental. En los últimos tres meses, él vivía al borde del colapso día tras día.
—¡Piensa un poco, por favor! No pierdas la cabeza.
Las palabras de Catalina se las llevó el viento. Mariano ya estaba subiendo al helicóptero.
—Señora, yo cuidaré al señor Mariano —el jefe de los guardaespaldas la tranquilizó en voz baja.
Resignada, Catalina solo pudo pedirles que tuvieran cuidado. Pero así no podían seguir, algo tenía que cambiar.
Begoña seguía desaparecida. Y al paso que iban, temía que su hijo terminara enloqueciendo.
Sacó su celular y marcó con rapidez.
—Necesito que me consigas a todas las personas que reclutaste la vez pasada. Esta vez, quiero a alguien que se parezca lo más posible.
...
El lugar señalado por los secuestradores era una fábrica abandonada junto al río, sin ningún sitio donde ocultarse cerca. Proteger a Mariano a corta distancia resultaba imposible.
El jefe de los guardaespaldas se acercó con el maletín repleto de billetes.
—Señor, deje que vaya yo.
Mariano no respondió. Tomó el maletín y avanzó decidido hacia la fábrica desierta.
Apenas cruzó la entrada, alguien tiró de la mitad de la reja y lo encerró adentro.

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