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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 176

Catalina e Iván miraban a través del cristal de la sala de observación, y se quedaron helados al ver a Mariano incorporándose de la cama.

Entraron corriendo a la habitación, sin poder creer lo que veían: Mariano, que acababa de salir de cirugía y aún tenía los efectos de la anestesia, se había arrancado todos los monitores y vendas. El vendaje blanco que cubría su abdomen ya estaba empapado de sangre.

Estaba a punto de bajarse de la cama, desenfrenado.

—¡Mariano, no lo hagas! —gritó Catalina, desesperada.

—¡Todavía no te recuperas! ¡Tu herida acaba de ser cerrada! ¡No te muevas, no le hagas esto a tu madre! —suplicó, mientras ella e Iván intentaban contenerlo.

La mujer que estaba tirada en el suelo finalmente reaccionó, se levantó rápidamente y se acercó temblando.

—Ma...

Mariano la miró con rabia y rugió:

—Tú no eres mi esposa.

—¡No pienses que puedes reemplazarla!

—¡Lárgate de aquí!

—Mariano, yo sí soy...

—Mi esposa sabe que estoy lastimado del abdomen. Aunque la jale, jamás caería sobre mí.

—Le dolería verme sufrir, ella... —Mariano empezó a forcejear con violencia—. ¡Tengo que ir a buscar a Bego!

Se movía como si no sintiera dolor, pero la herida se abrió y la sangre comenzó a brotar de nuevo. Ni Catalina ni Iván pudieron detenerlo.

Por suerte, médicos y enfermeras entraron en ese momento y le aplicaron otra dosis de anestesia.

...

Al despertar, Mariano abrió los ojos con una mirada perdida.

Catalina se dejó caer en una silla, sin saber qué hacer.

—¿Vas a dejar que Víctor se quede con Grupo Guzmán? —le cuestionó, agotada—. ¿De verdad vas a permitir que nos destruya a todos?

—¿Por una mujer que te abandonó vas a olvidarte de la señora, de Agustín, y de todos tus hermanos?

—Solo cometiste un error. Le diste todo a ella, tu amor, tu vida, y ¿cómo te pagó?

—¡Le entregó Grupo Guzmán a Víctor, a tu peor enemigo!

—¡No tiene corazón! No solo te dejó a ti, también despreció a Agustín. Una mujer así no merece que arriesgues tu vida —Iván reviró, indignado.

En la mente de Mariano apareció Begoña, a sus dieciséis años, sentada en la ventana del hospital, tan tranquila y pura como una flor de peonía en pleno florecimiento. Cuando él llegaba, ella lo miraba con ternura y le decía “hermano”.

Mariano cerró los ojos, como si así evitara que la imagen de Begoña se desvaneciera; pero al hacerlo, solo veía su espalda alejándose, destrozada por la tristeza.

Con la voz quebrada, murmuró:

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