Ante la indiferencia de Mariano, Víctor sintió que la dignidad como padre se le hacía pedazos, y el coraje lo desbordó.
—¿Crees que por ser mi hijo puedes hacer lo que se te antoje en mi casa? —le soltó, furioso.
Avanzó hacia Mariano y, de una patada, le tiró las tulipanes de las manos.
—¡Eres un inútil! Si tu abuelo estuviera vivo y te viera arruinado así por una mujer, seguro revivía del coraje.
—¡Lárgate de aquí!
Los pétalos de tulipán se esparcieron por todo el suelo. Mariano levantó la cabeza de golpe, sus ojos destilaban furia y, sin pensarlo, le metió un puñetazo a Víctor directo al rostro. El hombre se fue de espaldas y cayó de lleno en el lodo.
—¡Maldito...! —alcanzó a decir Víctor, pero no pudo terminar la frase. Mariano lo sujetó de la nuca y lo empujó contra el suelo, hundiéndole la cara en la tierra. Luego, con rabia, le pisó la pierna con todas sus fuerzas.
Los gritos desgarradores de Víctor llenaron el jardín.
Viviana, espantada, se lanzó sobre Mariano.
—¡Suéltalo! ¡Déjalo en paz! —gritaba, fuera de sí.
El jardín estaba hecho un desastre. Mariano levantó el pie y lo aplastó contra la mano de Víctor, presionando cada vez más fuerte.
—¿Qué esperan ustedes? ¡Ayúdenme a separarlos! —vociferó Viviana a los guardias de la familia, pero estos ni siquiera tuvieron oportunidad de acercarse: los guardaespaldas de Mariano los derribaron en un abrir y cerrar de ojos.
Viviana se quedó sin aliento, temblando de miedo.
—¡Mariano, Víctor es tu papá! ¿De verdad vas a matarlo por unas flores?
Víctor forcejeaba con desesperación, pero por más que luchaba, Mariano lo mantenía sujeto, la cabeza hundida en la tierra, sin darle respiro.
El aire se volvía cada vez más escaso. Las manos y los pies de Víctor dejaron de moverse poco a poco, hasta quedarse completamente quietos.
Viviana se encontró con la mirada de Mariano. Sus ojos, enrojecidos y salvajes, no reflejaban otra cosa que no fueran esas flores. No había ni rastro de humanidad allí, su cuerpo emanaba una energía tan gélida y macabra que parecía un muerto en vida.
Al ver a Víctor inmóvil, Viviana gritó, presa del pánico.
—¡Yo te ayudo! ¡Te juro que te arreglo el jardín, te lo dejo como estaba! ¡Suéltalo, por favor, suéltalo!
Se lanzó al suelo, tratando de salvar las flores. Pero al apoyarse con sus uñas largas sobre los tulipanes, desgarró los pétalos. Ese toque terminó de romper a Mariano.
Como si arrojara una bolsa de basura, Mariano aventó a Víctor sobre Viviana y enseguida se arrodilló junto a las flores maltratadas, cuidándolas con una delicadeza que contrastaba con la violencia de antes.
Viviana y Víctor terminaron apilados en el lodo. Ella, temblando, tiró de su marido, que había vuelto en sí.
—Amor, ya, déjalo. Si tanto le importan esas flores, pues que se quede con ellas.
Pero para Víctor, que su propio hijo lo golpeara una vez más por culpa de una mujer, era una humillación imposible de tragar. Apartó a Viviana de un empujón, subió a la retroexcavadora que estaba cerca y, sin pensarlo, la dirigió directo a la cabeza de Mariano.
Un estruendo retumbó en el aire.
Los tulipanes salieron disparados de las manos de Mariano, y pétalos manchados de sangre cayeron al lodo uno tras otro.

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