La irrupción repentina de Mariano, interrumpiendo la boda, desató un caos total dentro de la iglesia.
—¿Qué te pasa? —El novio levantó el puño y se lo aventó directo a la cara de Mariano, pero los guardaespaldas se lo impidieron enseguida.
La novia, aún entre los brazos de Mariano, forcejeó con fiereza y, sin pensarlo, le dio una bofetada tan fuerte que resonó en todo el lugar.
—¿De dónde salió este imbécil? ¿Cómo se atreve a arruinar mi boda de esa forma?
Al oír esa voz desconocida, el corazón de Mariano se encogió de golpe. Volteó, completamente aturdido, a mirar a la novia.
Su cara, marcada por años de enfermedad, tenía un tono pálido casi fantasmal. Los ojos, rojos por la falta de sueño, lo hacían parecer un vampiro recién salido de la tumba. La novia, presa del miedo, se refugió en los brazos del novio. Ambos lo miraban temblando.
—¿Quién eres tú? ¡Ni te conozco! ¿Por qué vienes a arruinar nuestra boda?
Mariano, al ver que no reconocía a la mujer, frunció el entrecejo.
—¿Dónde está mi esposa?
—¿Tu esposa? —El novio soltó una carcajada burlona—. ¿Quién sería tu esposa? ¿Te falta compañía o qué? —Sus palabras hicieron que todos en la iglesia se soltaran riendo.
La paciencia de Mariano se agotó. De un solo movimiento, apretó el cuello del novio con una mano. Su mirada se volvió oscura, su voz tan cortante que helaba la sangre.
—El nombre de mi esposa está en la lista de esta boda. ¿Dónde está?
La tensión se apoderó del lugar. Algunos, con más valor, intentaron acercarse. La novia, presa del pánico, trataba de soltar la mano de Mariano que no aflojaba el agarre.
Pero los guardaespaldas de Mariano ya habían rodeado toda la iglesia, bloqueando cualquier escapatoria. El miedo se notaba en las caras de todos.
El agarre de Mariano se volvía cada vez más fuerte, como si estuviera dispuesto a estrangular al novio si no obtenía una respuesta.
De inmediato, el jefe de los guardaespaldas sacó una tableta y mostró una foto.
—¡Miren bien! ¡Esta es la señora de la casa! ¿Alguien la ha visto? Se llama Begoña.
—¡Quien tenga información, mi jefe le dará una buena recompensa!
—¡Vamos, ayuden!
La novia, aterrada de que Mariano matara a su esposo, fue la primera en gritar.
—¡Vamos, rápido, ayuden!
Rápidamente, la tableta comenzó a pasar de mano en mano. De pronto, alguien en el fondo exclamó:
—¡La conozco! Esa mujer vino hoy a la iglesia. Traía dos niños y un hombre la acompañaba. Los niños les decían “mamá” y “papá”. Parecían una familia entera.
¿Papá, mamá, una familia entera?
El cuerpo de Mariano, ya de por sí débil, se vino abajo. Soltó el cuello del novio y, agotado, se desplomó sobre uno de sus guardaespaldas. El esfuerzo le pasó factura: empezó a escupir sangre.
¿Cuándo fue que dejó ir la felicidad de ella?
El pensamiento le caló hondo. Apretó el paso y salió.
…
En el cementerio, dos tumbas juntas recibían el aroma de los tulipanes.
—Cuando la mamá de Joaquín murió, pidió ser enterrada junto al papá de Joaquín —explicó Álvaro, cargando a la pequeña Josefa que apenas empezaba a hablar.
—Sí —respondió Begoña, agachada frente a la lápida. Limpió con delicadeza el polvo del mármol y abrazó a Joaquín, que no podía contener la tristeza—. No se preocupen, yo voy a cuidar a Joaquín como si fuera mi propio hijo.
El niño la abrazó, buscando consuelo.
Los cuatro pasaron un largo rato frente a las tumbas, hasta que escucharon pasos acelerados acercándose. Entre las voces, Begoña captó algunos timbres familiares.
Sabía que Álvaro había estado atrapado aquí antes. Ella también había venido alguna vez. Esta vez solo querían acompañar a Joaquín y no buscaban problemas.
Con un movimiento rápido, Begoña tomó a Josefa de los brazos de Álvaro y, tras cruzar miradas, se metieron entre los arbustos.
Desde ahí, vio llegar a Mariano con sus hombres. Él le gritaba a los guardaespaldas:
—¡Revisen las cámaras de seguridad! Busquen por todos lados. ¡No asusten a mi esposa, o se las van a ver conmigo!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Desaparición de la Esposa Hacker