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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 195

—¿Simón les ha llamado por teléfono? —preguntó Paulina, intentando mantener la compostura.

—Sí, ya habló. Anda, sube a ayudarle a mamá a decidir qué regalo de bienvenida sería adecuado —le respondió Carla con su voz cálida y cariñosa desde el segundo piso.

Sin decir nada más, Betina subió las escaleras apurada, mientras Paulina se quedó totalmente ignorada en la entrada, sintiéndose como si el suelo se abriera bajo sus pies.

Para recibir a la prometida de Simón, el personal de Jardines Pascual llevaba toda la mañana limpiando, lavando y arreglando cada rincón. Incluso dedicaron tiempo a preparar el cuarto de Simón, pues ahí querían que se quedara su futura esposa.

Paulina no pudo evitar recordar que, ni siquiera cuando ella y Simón estaban juntos, habían hecho tanto por ella. Ese pensamiento le apretó el corazón, como si alguien le exprimiera el pecho. Le dolía aceptar que aquel hombre, el suyo, tuviera que casarse con otra.

...

Begoña y Sandra regresaron al hotel después de varias horas de trabajo. Tras una ducha rápida, Begoña se cambió, poniéndose el vestido elegante que había comprado y tomando el regalo que tenía preparado para la ocasión.

Al salir de su habitación, justo vio como la puerta de al lado se abría y sacaban una charola de comida intacta. Begoña se detuvo, sorprendida: la comida seguía ahí, como si nadie hubiera probado bocado. Le pareció un desperdicio tremendo; quién pediría tanta comida si no pensaba comer.

Dentro de la habitación, Mariano yacía de espaldas sobre la cama, los ojos abiertos y fijos en el techo. Cada vez que parpadeaba, veía a Begoña acercándosele, abrazándolo, como si de verdad estuviera allí. No se atrevía ni a estirar la mano, sabiendo que sólo era una alucinación.

Si cerraba los ojos, la imagen cambiaba. Ahora la sentía entre sus brazos, tan viva y real, que le temblaban los labios. No quería abrir los ojos por temor a que desapareciera, pero tampoco podía seguir engañándose. Sabía que su esposa no estaba, que sólo era producto de su mente agotada. Pero no podía controlarlo.

Se quedó boca abajo sobre la cama, imaginando que Begoña se enredaba a su cuerpo, y él podía sentirla, como si ella de verdad estuviera ahí, compartiendo ese instante.

—Gracias —dijo de repente una voz suave y femenina.

Begoña, al pasar junto a la charola y al empleado del hotel, agradeció con educación antes de seguir su camino.

Esa voz, tan parecida, se coló por la puerta entreabierta. Mariano se incorporó de golpe, el corazón le retumbaba en el pecho. Sus ojos oscuros se clavaron en la entrada, viendo cómo la puerta se abría por la inercia, mostrando el pasillo vacío. Nadie estaba ahí. Solo su mente jugándole malas pasadas.

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