El celular se cortó de golpe.
Los ojos de Mariano se inyectaron de rabia, todo su cuerpo emanaba una energía amenazante, y su voz era tan dura como el hielo.
—Dime, ¿dónde está mi esposa?
—Ya te lo dije, nunca te voy a decir dónde está —le soltó Álvaro, con un tono distante—. Devuélveme el celular.
—Sé que mi esposa está en Puerto Quetzal. De hecho, hasta antes de anoche, ella estaba en esta misma casa. Tú la trajiste del hotel anoche —Mariano fue desmenuzando cada palabra, mientras la cara de Álvaro se iba transformando, oscureciéndose cada vez más.
—Aunque no digas nada, igual voy a averiguarlo —agregó Mariano, lanzando una mirada a las llaves sobre la mesa. Uno de los guardaespaldas las tomó al instante y salió de la casa.
—¿Qué intentas hacer? —gritó Álvaro, justo cuando Joaquín y Sandra bajaban a toda prisa por las escaleras.
Álvaro, sin pensarlo, abrazó a Joaquín y lo apretó contra su pecho.
—Tu carro me va a decir por dónde has andado —dijo Mariano.
Se dejó caer en el sofá, sin haber dormido nada en toda la noche. El cansancio lo tenía al límite, pero la tensión lo mantenía despierto, incapaz de dejar de pensar.
En la mente de Mariano, Begoña aparecía de pie en la cocina.
Ella cocinaba, mientras Agustín jugaba a un lado en su carrito.
Begoña volteaba hacia él y le preguntaba si quería que la comida picara más.
Mariano sonreía.
De pronto, esa sonrisa se transformó en una mueca amarga, tan dolorosa que puso los pelos de punta a Álvaro y Sandra, quienes no entendían en lo absoluto qué pasaba por la cabeza de Mariano.
Él abría los ojos cada día esperando ver a Begoña, la buscaba incluso al cerrar los ojos, pero no podía tocarla, no podía abrazarla. La añoranza le caía encima como un alud, ahogándolo una y otra vez.
Su necesidad de ella lo mantenía en vela noche tras noche.
En ese momento, el jefe de los guardaespaldas regresó.
—Señor, ya lo localizamos. El carro estuvo ayer en la oficina del Director Benítez.
Los ojos de Mariano se abrieron de par en par, como si no pudiera creer que hubiera pasado algo por alto. Se levantó de inmediato y se dirigió hacia afuera, mientras el jefe de seguridad se llevaba las llaves y el celular de Álvaro.
Ya en la parte trasera del Rolls-Royce, Mariano repasaba una y otra vez lo que Álvaro había dicho: que le dijera a Begoña que descansara un poco, que él iría por ella para llevarla a casa.
El carro llegó al edificio en cuestión. Siguiendo las pistas que había sacado de la conversación entre Álvaro y Begoña, marcó el número de ella.

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